La Nueva Razón

Revista política y cultural panhispánica

(Imagen: CircaSassy CC BY 2.0)

No es el qué, es el quién

Algunos “quiénes”, digan lo que digan, e incluso si lo que dicen carece de sentido, siempre tendrán la razón.

Aquí me encuentro a mis tantos años sorprendiéndome por enésima vez de que las cosas tengan cierto orden en la vida, me gusten a mí o no. La verdad es que me gustan poco, porque la mayoría de las veces me suelen pillar en la parte mala de la ecuación, pero por otro lado tengo la ventaja de saber nadar en las aguas que me tocan, y de poder asimilar mi sino sin desarrollar un rencor indómito que me pierda. Si acaso, a veces y por motivos obvios, sufro de un razonable brote de indignación y acaloramiento transitorio que luego termina desvaneciéndose como tormenta de verano. Soy de carácter apacible, mis tormentas también amainan en breve. 

Uno no va a cambiar así a lo bruto y de golpe la naturaleza humana, las relaciones sociales o la organización jerárquica que forma parte de nuestro desarrollo como especie.

Hace ya algunos años, en medio de una borrachera navideña, mientras contábamos anécdotas de infancia uno de mis cuñados me hizo consciente de una revelación que yo siempre había creído, pero nunca verbalizado: “Si es que nosotros nunca tuvimos categoría, Joana”. Y he de decir que desde entonces, asimilando por fin esta irremediable falta de categoría que yo no había sabido verbalizar aún, las cosas me han ido mejor, pues he dejado de anhelar una especie de justicia divina que me otorgara a mí una posición que consideraba debía ser por derecho más alta. No cabía en mi pequeña cabeza que eso del “tanto tienes, tanto vales” y del “tú de quién eres” fuese una máxima tan poderosa. Pero sí. No hay que enfadarse por estas cosas, sólo observarlas con interés e, intentando mantenerse cuerdo, dar lo mejor de uno mismo en la parcelita que le ha tocado en gracia. Uno no va a cambiar así a lo bruto y de golpe la naturaleza humana, las relaciones sociales o la organización jerárquica que forma parte de nuestro desarrollo como especie. 

No sé por qué no prestamos más atención a nuestro lado animal. A veces nos perdemos del todo en el plano social cuando la especie humana se entendería mucho mejor atendiendo a los documentales de La 2. Yo, por ejemplo, estoy convencida de que menospreciamos el sentido del olfato a la hora de relacionarnos. ¿Por qué no iba a funcionar para nosotros lo que para tantos otros mamíferos? El de la vista también es esencial, por supuesto. Por mucho y muy bien que haya la gente aprendido a mentir hoy en día y a ofrecer una imagen impostada de sí de cara al público, lo cierto es que nuestros genes tienen una sofisticadísima forma de leer caracteres y asignar posiciones en la jerarquía social. Si nos soltaran al azar en un grupo con el que forzosamente tuviésemos que relacionarnos para sobrevivir, no tardaríamos dos días en determinar los roles que nos designarían para siempre. Pero resulta que, por lo general, no te van soltando en grupos al azar para que socialices forzosamente, sino que nos encontramos unos con otros siguiendo el capricho del destino. 

Uno suele venir ya con sus etiquetas sociales bien puestas y asumidas. Si éstas no son claras, siempre hay modos más o menos sutiles, eso va en el gusto o la destreza de cada cual, de darlas a conocer a la audiencia. Recuerdo un intercambio estudiantil en el que uno de mis compañeros tenía la discreta forma de presentarse apostillando siempre al final y de algún modo que sus padres eran médicos. Así que prácticamente su presentación a los demás sonaba como: “ Hola, soy Fulanito de Tal y mis padres son médicos”. Aquello me indignaba sobremanera por la burda competencia desleal que ejercía hacia otros como yo, que carecíamos de carta de presentación. Y lo gracioso es que funcionaba. El triste éste, triste que por otras razones ajenas a su procedencia de cuna también se hizo amigo mío, lograba reclamando su derecho a ocupar cierta posición jerárquica en el grupo, un respeto que era del todo inmerecido e injusto a mis ojos. 

En otra ocasión, al principio de mis estudios, tuve que presentar un trabajo sobre un tema en el que me explayé lindamente. A la profesora debieron gustarle mis argumentos, pues se dirigió a mí muy interesada preguntando de dónde había sacado todas aquellas ideas y opiniones, a lo que yo contesté muy orgullosa que de mi cabeza. “Pues usted no es ninguna autoridad para ir opinando por ahí, al menos no en el ámbito académico”, me dijo. Me acuerdo bien porque esto y el hecho de que me hiciera repetir el trabajo me sentó como un jarro de agua fría. Desde entonces todos mis trabajos estuvieron de principio a fin llenos de entrecomillados y citas de todo tipo que yo me afanaba en buscar por ahí para avalar mis opiniones de don nadie. En cierta medida, así sigo. 

La cosa es tan pintoresca que una misma persona, una vez alcanzado el estatus de eminencia consagrada, puede decir una cosa un día y la contraria otro, y las dos veces tendrá la razón.

Pero todo esto era para decir que por mucho que nos lamentemos el “quién” tiene un peso poderosísimo entre nosotros, que viene a ser igual que decir que el “qué” siempre dependerá de la persona que lo ha pronunciado. Éste puede, además, ser muy interpretable. Mencionemos algunos ejemplos ilustrativos. Ahí tenemos, para empezar, a ése que en Twitter dice cualquier sinsentido y recibe miles de “gusta” porque resulta llamarse Menganito. Luego va un anónimo y suelta una genialidad y como si pasara el matojo rodante del desierto. La cosa es tan pintoresca que una misma persona, una vez alcanzado el estatus de eminencia consagrada, puede decir una cosa un día y la contraria otro, y las dos veces tendrá la razón. O más difícil todavía, puede incluso que cuando dijera una cosa era Pepito Grillo y, con el paso del tiempo, se ha convertido en un cargo de un país y lo que dijo ya no lo dijo “su persona” sino otra. Sin duda, las dos cosas dichas serán igual de válidas y plausibles y condicionadas a su contexto. Es como votar OTAN no y luego entrar en la OTAN de cabeza y recibir los aplausos por las mismas personas y en las dos ocasiones. Es ganarse el título de nazi o racista por aludir al origen chino de un virus, y pocos meses después aplaudir a uno que repite la misma cosa pero ahora desde la boca correcta. Es ese tic de retraerse antes de dar la razón a nadie e investigar primero su biografía, no vaya a ser que nos confundamos de “quién”, o peor, que asintamos a una opinión ajena a nuestro breviario que no haya pasado antes por el filtro del diario de cabecera y guía espiritual del pensamiento. Es, sobre todo, que algunos “quiénes”, digan lo que digan, e incluso si lo que dicen carece de sentido, siempre tendrán la razón. 

Después de todo, piénsenlo bien y no lo tomen con acritud, observen que esto siempre ha sido así incluso dentro de sus pequeños círculos y en todos los ámbitos de la vida. Luego, estará bien redimirnos apuntando eso que tanto nos gusta de que por sus frutos los conoceréis y en consecuencia actuaréis, pero nos dará a todos igual porque, ante la duda, un buen “quién” siempre será una apuesta segura.