La Nueva Razón

Revista política y cultural panhispánica

No los llames derechos civiles: son caprichos consumistas de los dominantes


La izquierda hace tiempo que abandonó toda referencia a la hoz y el martillo, simbolismo clásicamente asociado al mundo del trabajo y los derechos sociales. Esta referencia fue sustituida, después de 1989, por la del arco iris de soledades caprichosas y consumistas. En su completo divorcio con la clase obrera y sus reivindicaciones, la nueva simbología policromática de la Nueva Izquierda posmoderna y liberal, enemiga jurada de los trabajadores, remite a un vago (e inofensivo desde el punto de vista del conflicto de clases) ecumenismo liberal-libertario y a una serie de luchas siempre compatibles y, además, funcionales para con los deseos de la clase dominante cosmopolita y su nuevo tableau économique, celosamente sistematizado por la secta de los economistas terminales. Detrás de la llamativa bandera de las izquierdas del arco iris, se esconde la absoluta grisura monocromática del nihilismo capitalista. Por eso, como traté de explicar en Glebilización, la izquierda del arco iris no puede ser la solución, ya que es el problema.

Las luchas inofensivas de la Nueva Izquierda fucsia y antimarxista van desde el pacifismo balbuceante (que de hecho coincide con la renuncia suicida de los dominados a la lucha contra la violencia de los dominantes) hasta el feminismo histérico individualista post-familiar, pasando por la retórica de la acogida plus-inmigracionista (funcional a la creación del «ejército industrial de reserva» y la masacre de clase) y las manifestaciones, al estilo posmoderno, del nihilismo extravagante y multicolor del orgullo gay como fenómeno destinado no a proteger los derechos de los homosexuales, sino a ridiculizar la institución ética de la familia y de la «(v)heterosexualidad» como inconsistente con el nuevo orden erótico.

En consonancia con la antropología de la «insufrible sociabilidad» (Kant) y la sociedad mercantil smithiana, el individualismo cosmopolita de los derechos universales es funcional a la condición esbozada en Sobre la cuestión judía, en la que el hombre «es el miembro imaginario de una soberanía fantástica, está despojado de su vida individual real y colmado de una universalidad irreal», la de los derechos humanos del homo globalis.

Los «derechos humanos», incluso etiquetados como «civiles» por el orden del discurso, adquieren cada vez más la naturaleza de los caprichos individualistas de las clases dominantes. Y confirman la tesis del Manifiesto Marxista-Engelsiano y su concepción del derecho como la voluntad del dominante elevada al rango de ley: quod placuit principi, habet vigorem legis. En palabras de Marx en Sobre la cuestión judía, «el hombre como burgués se confunde con el hombre en el verdadero sentido«.

Los gobernantes son, al fin y al cabo, los mismos que trabajan, en la lucha de clases convertida en masacre de clase, para eliminar linealmente los derechos sociales de las masas nacional-populares. Pasolini lo señaló con su habitual clarividencia: la ideología liberal-libertaria y neohedonista condena como reaccionario y regresivo todo lo que se opone a la realización anárquica de los deseos individuales de consumo, es decir, el tableau de bord [cuadro de mandos] del nuevo poder consumista y falsamente permisivo.

Por ello, los «derechos civiles» del consumidor apátrida individualizado son la fachada que legitima la actual labor de desmantelamiento cosmo-mercantil de todo vínculo comunitario residual y, al mismo tiempo, de los derechos sociales vinculados al trabajo y a la vida material concreta de la sociedad. No se trata de derechos civiles, sino de caprichos consumistas individualistas de las clases acomodadas, que deben tener toda la libertad que puedan comprar.

El mercado capitalista y los derechos civiles responden a la misma lógica sistémica, basada en la voluntad de poder que se autopotencia infinitamente. Son dos caras de la misma moneda posmoderna, que sitúa al individuo en el centro, alejado de cualquier autoridad supraindividual, y al mismo tiempo reduce la política a la multiplicación prismática de los derechos, dando por sentada la inutilidad de los intentos de cambiar el escenario general en el que actúan los individuos.

Ahí está la trágica situación de la cada vez más ridícula Nueva Izquierda fucsia, que busca la solución a problemas sociales cada vez más agudos en la práctica del empoderamiento desproporcionado de los individuos a través de la expansión de los derechos individuales y los deseos de consumo. La narrativa de los derechos civiles resulta ser la más orgánica al orden liberal, ya que amplifica y glorifica la lógica hiperindividualista y, al mismo tiempo, deja sin resolver (y ni siquiera mencionar) la cuestión social.

Traducción: Carlos X. Blanco – Artículo original en italiano.