La Nueva Razón

Revista política y cultural panhispánica

(Imagen: Andrés Monroy Gómez CC BY-NC-SA 2.0)

Ojo con el bienestar animal

El nihilismo hedonista y eunuco que domina en Occidente se refugia en este buenismo urbanita, tan alejado de los animales de campo como imbuidos de un espíritu infantiloide a lo Walt Disney.

La crisis moral que atraviesa Occidente se manifiesta, entre otros muchos síntomas, en el surgimiento de la ideología animalista, que parece inspirada en un humanitarismo inocente y casi conmovedor. Incluso el Papa Francisco ha colaborado en difundir esta nueva sensibilidad de un mayor interés por la naturaleza y por nuestros “hermanos animales” que comparten con nosotros esta morada terrenal.

Como digo, a primera vista, esta nueva sensibilidad por los “derechos” de los animales parece un avance moral, que nos lleva a descubrir cómo, durante muchos siglos, los seres humanos hemos sido a menudo demasiado crueles con otros seres vivos. Hoy en día, en un país como España resulta que hay más mascotas que bebés, y mucha gente tiene con esos animales domésticos unos sentimientos de apego absolutamente desmedidos. Por supuesto, cada uno es muy libre, pero a mí me sigue pareciendo repulsivo cuando alguien le habla a su perrito y se desvive con él como si fuera un tierno infante.

Aprovechando esta ola de sensiblería, los Gobiernos de muchos países están dictando normas de “bienestar animal”, que pretenden poner el acento no solo en la sostenibilidad de la naturaleza sino también en un sentido ético de compasión y piedad por nuestros “compañeros biológicos” que conviven con nosotros en este planeta.

Como suele pasar, no hay ocurrencia más peligrosa que la derivada de una idea que en sí misma es buena, pero que se ha llevado a su extremo. O, como diría Chesterton, una idea cristiana “que se ha vuelto loca”. Creo que es innecesario decir de antemano que no tenemos nada en contra de que se evite en lo posible toda forma de crueldad con los animales y de que se mire por la preservación del medio ambiente. El desarrollo humano ha sido tan descomunal en los últimos tiempos que ya hemos presenciado formas de deterioro grave de amplias zonas del planeta. 

Pero lo que no se puede hacer es olvidar que las personas estamos antes que los animales, y que es ley natural que los humanos nos sirvamos de los animales para nuestro provecho. Si uno no quiere creer lo que cuenta el Génesis, según el cual Dios creó al hombre como rey de la creación, puede observar la historia de la evolución humana en términos materiales. Según parece, la hominización requiere una ingesta de proteínas animales de la que procede el desarrollo del cerebro del homo sapiens actual. En este caso, materialismo y religión coincidirían en confirmar la primacía de lo antrópico. A no ser que se pretenda que el ser humano es constitutivamente parasitario y culpable, ya desde Atapuerca.

Por lo tanto, no está de más defender que nuestros ancestros no eran unos abusones insolidarios y egoístas por cazar mamuts, ni por domesticar cabras, ni por montar a caballo, ni por hacer corridas de toros, ni por comer solomillo de cerdo. Nosotros mismos estamos legitimados moralmente para seguir haciéndolo, aunque evidentemente debemos prever la consecuencia de nuestros actos, aunque solo sea para garantizar que las generaciones futuras puedan seguir disfrutando de estos recursos.

Parecía que la “muerte de Dios” llevaba indefectiblemente al inmoralismo denunciado por Dostoievski: “Si Dios no existe, todo nos está permitido”. Pero parece que en un mundo postcristiano, la muerte de Dios puede llevar igualmente a la imposición de los escrúpulos morales más puritanos derivados de una compasión exagerada. De modo que, en opinión de muchos de nuestros contemporáneos, los pobres toros se dan cuenta de todo y padecen horriblemente en la plaza, un matadero de pollos es algo moralmente parecido a Auschwitz, e incluso la tenia que vive en mi intestino puede tener tanto derecho a la vida como yo.

Efectivamente, si el ser humano no es más que un amasijo de material biológico surgido por azar y destinado a la aniquilación en pocos años, entonces resulta que ontológicamente no resulta ser muy diferente a una cucaracha o un besugo. Y conceptualmente no podría esgrimir una mayor dignidad con respecto a ellos. Y, sin embargo, ese homo ethicus hijo de la nada sigue viviendo en un mundo simbólico donde el bien y el mal se entienden en términos de misericordia y empatía con los que sufren, con los desfavorecidos, con los humildes. De modo que muchos se ponen en el pellejo de ese pobre mosquito, atacado por el dañino insecticida, o en el de la cándida gallina, violada cada pocos minutos por un chulesco matón de corral.

El nihilismo hedonista y eunuco que domina en Occidente se refugia en este buenismo urbanita, tan alejado de los animales de campo como imbuidos de un espíritu infantiloide a lo Walt Disney. Y al socaire de este sentimentalismo desnortado, las élites dominantes impondrán leyes de bienestar animal que encarecerán hasta el extremo los bienes de primera necesidad. En efecto, si hay que usar calefacción para que no se resfríen las vaquitas y tenemos que poner refrigeración a las granjas de pollos para que estos no suden demasiado, el precio del litro de leche y el kilo de pechuga se pondrá por las nubes. Con la excusa de que la carne es cancerígena o de que las flatulencias de los cerditos contienen metano, tratarán de reducir el consumo poniendo todo tipo de trabas a nuestros ganaderos y limitando el consumo. Añádanle a esto el encarecimiento de la energía, las restricciones de los viajes y, en definitiva, la criminalización de la misma idea de desarrollo económico.

En fin, toda una distopía antihumanista disfrazada de buenos sentimientos y de reparos de conciencia. Al final, dar muerte resultará ser mucho más caritativo que favorecer la vida (humana), lo que podría explicar la simpatía de la izquierda por el Che Guevara o por Arnaldo Otegui. Últimamente, incluso por el mismo Stalin.

También las buenas ideas tienen pésimas consecuencias cuando se extrapolan fuera de contexto.