La Nueva Razón

Revista política y cultural panhispánica

Para manipular, sólo se necesita cambiar el significado de un vocablo

Cuanto más tenso y sesgado es un paradigma, más retorcida es la realidad trasladada al discurso popular.

Que las palabras se las lleve el viento no significa que se olviden fácilmente, o que no tengan ningún tipo de influencia. Pareciera que una decisión, fruto de la efusividad de un sentimiento, puede evaporarse tras una profunda consulta con la almohada; nada más lejos. Ninguna frase es tan inocente como dicte su apariencia. Absolutamente todos y cada uno de los conceptos conocidos y por conocer, vienen cargados con múltiples significados. Lo que no significa nada en sí, no existe. Ya no sólo en el ámbito lingüístico, sino psicológico: lo que nos evoca. Es natural, pues su única misión es la de alumbrar un producto -en este caso, un término-, visibilizarlo y ofrecérselo a la sociedad; ni digamos lo que avala formular un ‘por qué’, recurso para las reflexiones y el guía de infinitos debates. 

Bien sea con o sin contexto, siempre afloran puntos más extremos que otros a la hora de comunicar un mensaje o de compartir una argumentación. Cuando surge un modo de pensar, arrastra un movimiento en particular, y éste a su vez genera otro, el cual funciona como respuesta detractora de ello. De condición inevitable, el lenguaje determina así los pensamientos. Aquellos que potencian un registro lingüístico específico, mantienen consigo una connotación, implicando algo diferente para los hablantes. Esos significantes a los que nos referimos, han sido construidos a la carta, con la razón y su opuesto. Siendo las palabras un reflejo del consciente e inconsciente, el emisor tiene el poder de retorcer tales significantes hasta el extremo, lo que nos impide asociar conceptos, por lo que dejamos de pensar. Esa manipulación puede ejercer desde lo instintivo o lo voluntario, pues dependiendo de su papel, su posición es de víctima o verdugo. 

Cuanto más tenso y sesgado es un paradigma, más retorcida es la realidad, trasladada al discurso popular y perfectamente extrapolable al punto de vista económico, político, médico, social etc. Vemos de esta forma que la condición idiomática puede pervertirse por muchas razones, aunque lamentablemente lo más habitual es descubrir que lo que se encuentra detrás es pura política. Toca remitirse al Cuarto Poder -el Periodismo- por lo que ello implica, aunque por supuesto la manipulación de una información tiene tantos usos como intenciones ocultas: ensalzar, motivar, despreciar, asustar, corregir.

Caer en los métodos más sencillos de ingeniería social no es del todo reprochable si rescatamos cualquiera de las publicaciones que se pronuncian sobre el estado de las Humanidades y su peso en la sociedad. ¿El sistema educativo potencia esta clase de estudios o considera que la filosofía, así como sus derivados, es algo obsoleto, impopular, complejo e innecesario? ¿Se nos enseña a pensar, a hablar? ¿Qué inculcamos a las nuevas generaciones? La obligación del ciudadano acarrearía mantener la cultura y preservar lo común, aquello que implica nuestras fuentes y el gobierno, pues es lo que conforma el sistema. Conocedores -desde altas esferas- del poder de la voz del pueblo, la tergiversación y los constantes correctivos lingüísticos forjan un velo que cubre lo que debemos preguntarnos para comenzar a saber.

Usualmente se olvida que el lenguaje no es únicamente lo verbalizado: lo conforma gestos, iconos, símbolos, actividades, intención. Fijándonos en el día a día, y ya hablando sin incidir en la casta y otros linajes, el lenguaje está en constante cambio. Los términos se vuelven ambiguos, se utilizan préstamos lingüísticos, hay un empobrecimiento o transformación del mismo, se vuelve redundante o sofisticado; se altera, en definitiva, sin ser algo bueno o malo, sino consecuente de la intención con la que utilizan el arma que es la comunicación.

La manipulación del lenguaje va impregnándose en nuestro subconsciente, pero no es necesario un sistema complejo o ambicioso, sino que va a través del goteo.

De la persistencia, gracias a palabras sueltas, expresiones concretas e incluso discretas, y por supuesto, estructuras que son impuestas a través de constantes repeticiones, integradas así mecánicamente. Es decir: para lograr la manipulación, lo mejor es cambiar el significado de un vocablo, y no necesariamente añadir nuevos o inventar un pilar lingüístico, sino adaptarlo a las necesidades de quien ejerce tal manipulación. 

De este modo, el comportamiento varía porque se nos limita, se nos muestra un único punto de vista. A través de la manifestación de datos se condiciona un paradigma de pensamiento que, a su vez, funciona como el detonante de un comportamiento que puede llegar a marcar un antes y un después en algo o en alguien. Como la tergiversación de la Historia, algo que solidifica las bases de una civilización, así como su identidad; la categorización de personas, la cual está implicada en aspectos ideológicos y arrastra un componente sociopolítico muy llamativo; el peso de nuestras libertades y derechos, de considerar cómo es un enemigo y cómo un aliado. Justamente en este proceso el lenguaje se vacía de contenidos intelectuales y se llena de conceptos emocionales, y donde entra en juego la censura y la corrección política, las cuales detectan al discrepante, tildado primero de rebelde. Después, le reprenden públicamente acusándole de ignorante, para, más tarde, ridiculizarle, criminalizarle e incluso culparle de ciertas circunstancias.

Así que, las palabras obedecen también a unas situaciones caracterizadas por esa manipulación política. Evidentemente, el gobierno como precursor y el periodismo como segundo paso hacia su normalización, incidiendo en las declaraciones que encajan con esas palabras y una línea oficialista, irrefutable; lo contrario se considera ‘negacionismo’ o ‘desinformación’. El estudio de la lengua comienza rompiendo el estigma de que el ser humano es un ser racional; somos emocionales, algo que se ve en nuestra forma de expresión, lo que nos hace ser víctima y a la vez, verdugo, del eco de la manipulación. Es complicado mantener una postura neutral. Lo que lo diferencia de ‘imposible’ es gracias a profesiones como la investigación o el periodismo informativo, puesto que existen unas directrices para no torcerse en ese objetivo. Ambas son labores científicas. Sin embargo, en la comunicación siempre se busca ofrecer un discurso atractivo que capte la atención del receptor y, de paso, esté al gusto de quienes financian ese discurso, por razones obvias. De ahí la manipulación consciente: tener que mantener viva una forma de pensamiento y unas afirmaciones y negaciones por ciertas razones. Económicas, por supuesto. Sociales, por presión. Empresariales, también. Por miedo. Por absoluta inflexibilidad, pues hay quien no desea conocer más.

No será la primera vez que se habla de la palabra del Hoy como el lenguaje de la posmodernidad. Hacerlo así es lanzar un dardo envenenado a nuestra situación, pues el posmodernismo se define como una corriente en la que el lenguaje moldea nuestro pensamiento, argumentando así que no puede haber pensamiento sin lenguaje, creando de esta forma y -literalmente- una realidad. Es menester recordar que la modernidad es lo que le precede, y precisa diferenciarse de ésta, instituyendo las nuevas formas de comportamiento que lo caracterizan: el consumismo y el individualismo. Algo nada favorecedor para la fuerza de una sociedad. También se opone a la recta lógica, provocando la ignorancia entre la mezcla equivalente y complementaria de la razón y su oposición. Desde los medios de comunicación, las peroratas orientadas al ciudadano le responsabilizan directamente del estado y evolución del problema que ellos mismos presentan. Casualmente, no se ven en círculos sociales más acomodados. No con la misma gravedad, al menos.

De modo que, y ciñéndonos a lo anteriormente explicado, el lenguaje de esta posmodernidad podría considerarse dictatorial, ya que no permite que se expongan datos contrarios. Discriminatorio, pues categoriza a los ciudadanos basándose en requisitos no democráticos. Originariamente raso, pues nos topamos con un reseteo inicial por la idea política. Transhumanista. Belicoso, ya que se nos insiste en que estamos batallando día a día.

Un arma que promueve la ingeniería social más intensa por las vías que ofrece el bombardeo de Internet y sus Redes Sociales.

Estos lares cibernéticos son un ejemplo práctico de cómo ‘informar’ y ‘comunicar’ son dos procesos total y absolutamente distintos, partiendo de la base de que precisan de otro profesional que administre las gestiones que implica encontrarse visible al público desde la Red de Redes que ofrece un pseudoanonimato, los usuarios serían otro reflejo del comportamiento colectivo. La labor del Community Manager es muy delicada y crítica, pues todo depende de lo que se dice, cómo, cuándo y por qué, y más en un espacio que nos permite amoldar la connotación acorde a la libre interpretación. A la postre, otro obstáculo de Internet es que también tienen peso los rumores, convirtiéndose en difamaciones, cayendo así en las conocidas ‘fakenews’ o en esos bulos capaces de defender algo que puede ser vital esclarecer. Que un medio sea catalogado de periodístico o informativo desde la condición profesional, no significa que lo sea, pues en Internet tiene más valor el impacto y la cantidad, que la calidad y el rigor científico que se persiguen en la Investigación y la Comunicación. Lógico, pues, ¿qué provoca más reacciones entre los usuarios? ¿Por qué olvidamos tan a corto plazo tantas cosas? Lo llamativo, lo crítico, lo extremo, es lo que parte con cierta huella. Y lo que favorece un detonante.

¿Culpa del informante o del informado? 

Hay pocas fuentes neutrales, pero la opción de nutrirnos de distintas vías es únicamente nuestra. ¿Estamos dispuestos a prestar atención a aquellas que tratan una perspectiva diferente? ¿Juzgamos en extremo a un medio sólo por su línea editorial y automáticamente pensamos que es todo falso, o real? ¿Entendemos que las cosas no siempre tienen la explicación que más cómoda nos parece y que, a veces, quienes piensan diferente tienen razón? Existe una parte de la población que toma un papel pasivo, cómodo, pues se deja llevar por el trabajo hecho por terceros. Tomar la iniciativa supone hacerse responsable de las buenas y malas decisiones, particularmente de las malas. El conformismo es mucho más fácil. Es vital romper ese letargo y hacer un esfuerzo por comprender las palabras contrarias para cerciorarse bien de lo que uno cree o considera, pues esto da lugar a discusiones maduras que fortalece nuestro pensamiento crítico, nos saca de la zona segura y nos vuelve en parte, adultos. ¿Sabemos debatir? ¿Somos capaces de hablar desde la calma? 

Nos encontramos así ante una situación absolutamente bidireccional, pues para que exista un déspota que oprima y abuse, debe haber alguien que no oponga resistencia. Al igual que el comunicador no es perfecto y también puede equivocarse -desde la benevolencia-, el espectador no está exento de fallar, algo nada reprensible, ya que ese espíritu crítico es lo que hace que una sociedad avance y progrese intentando corregir sus errores. No es vergonzoso cometerlos, pero sí caer siempre en lo mismo. Debemos cuidar el legado que se deja a las nuevas generaciones y ofrecer una línea ejemplar para quienes toman el testigo.

Respecto al que no se rebela: entiéndase, simbólicamente, ya que el número determina la fuerza del discurso en estos casos, aunque eso no significa que una idea se pierda para siempre en el caso contrario. Mas sirve como ejemplo para reseñar a ese ciudadano más preocupado por lo material y sus intereses personales, su tranquilidad, sus frases que le posicionan en el papel de víctima como “todos son iguales”, “esto es lo de siempre”, “no importa a quién votes, todos roban”, y no de superviviente, y que funciona como un referente permitido para terceros. Ya se nos acribilla con elementos que inciden en alimentar las distracciones humanas, generando un círculo cerrado de hechos o frases que mermen, devoren emocionalmente o construyan una realidad basada en mentiras, mantenida por una proyección de lo peor que sacan de nosotros mismos; pena, frustración, odio, dolor, materialismo. El ciudadano pasivo, aquel que cree que todo es ajeno a él, bien porque se ve incapaz de cambiar las cosas o porque se profesa mejor que el resto, es el sujeto perfecto al que pretenden transformarnos: seres egoístas, pretenciosos, débiles e ignorantes de lo que sucede a nuestro alrededor y el peso que eso acarrea. Nunca antes el poder había estado tan en nuestras manos.

Sergio Fernández Riquelme (Prólogo de Alba Lobera): Pandemia posmoderna. Historia de la crisis del coronavirus en España. Ultima Libris (Noviembre de 2021)

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