La Nueva Razón

Revista política y cultural panhispánica

Pequeñas contradicciones

En el entorno en que me desenvuelvo declararse “muy roja” es como un emblema de seguridad para indicar que a partir de ahí todo lo que haga o diga se le será perdonado por pertenencia al equipo correcto.

Por lo general todos tenemos nuestros episodios de contradicción, lo de ver paja en nuestro propio ojo y viga en ojo ajeno, lo de pontificar pero exceptuando nuestra conducta en un “haz lo que digo pero no lo que hago”, lo de ponerse bravo con ciertos temas sin darnos cuenta que nosotros lo hacemos tan mal o peor que lo que censuramos o criticamos como dijo la sartén al cazo en un “quita que me tiznas”. No se puede ser completamente íntegro en todo, es muy difícil. Una cosa es tener ciertas ideas y seguir ciertos principios, más como guía y como ideal que otra cosa, y otra vivir a rajatabla según los mismos. Pillados contradiciéndonos, por otra parte, resulta que siempre, siempre, siempre, nuestro caso era distinto y especial y, hombre, pues hay que tratarlo con esa especialidad que uno se merece. 

Asumido que contradicciones hay para todos y que por mucho que queramos ser fieles a nuestros preceptos y mantener nuestra palabra siempre hay fallos en el sistema, es verdad también que hay gente que para sentirse a gusto con su vida y con sí misma se atiene con más vehemencia a los principios que rigen su conducta, mientras otros cabalgan continuamente olas, si no tsunamis, de contradicciones. También es cierto que va en el carácter que mientras algunos, pillados en contradicción, intentan minimizarla o excusarse ante el ojo censor que los observa, otros parecen estar tan encantados consigo mismos que ni las más grandes contradicciones en las que incurran cambiaría para nada la elevada percepción que de sí mismos tienen. Y finalmente queda por considerar lo de toda la vida: que la censura, represión o perdón de tus contradicciones será directamente proporcional a la posición que ocupas en sociedad o a quién rindes pleitesía. Así pues, se será mucho menos tolerante contigo cuanto más abajo en la escala social o cuanto menos políticamente correcto te muestres. Y es que, de hecho, la corrección política exige de por sí esfuerzos contorsionistas de pensamiento y obra que parecen ser del todo asumibles en la sociedad en la que vivimos.

Puestos a contar contradicciones podríamos no parar si nos centramos en el mundo de la política, aunque ahí más que contradicción estaríamos directamente en el mundo de la mentira burda. Saliendo de la instrumentalización directa de la mentira para ganar votos, cada uno en su esfera tendrá interesantes anécdotas dignas de mención y con las que muchos estamos familiarizados. Les cuento yo. 

Mi compañera fulanita era una gran defensora del planeta. Muy concienciada de la importancia de este problema en los tiempos que corren, preparaba actividades y charlas en torno al cambio climático y el impacto del humano en su entorno, hacía bicicletadas y demás modernas parafernalias para crear conciencia ciudadana. Por supuesto sucumbió redonda a las ideales propuestas de convertir las ciudades en vergeles de jardines verticales y huertos urbanos, reducir tajantemente las emisiones CO2, peatonalizar cuanto más mejor el centro, etc. No es que yo no viera ventajoso el mundo que me pintaba, tampoco es que despreciara al planeta y buscara con mi comportamiento su destrucción, pero no mostrar auténtico entusiasmo ante estos postulados te convierte hoy en día en sospechosa persona non grata. Y así te lo hacen sentir no pocas veces. La cosa es que la fulanita vivía a diez minutos en metro del centro de trabajo y a pocos minutos más a pie. Así que un día en el que se congratulaba especialmente porque se había declarado “el día sin coche” le pregunté que por qué ella venía todos los días en coche y que a qué esperaba a deshacerse de él y dar ejemplo. Teniendo el trabajo a dos pasos no entendía por qué aguardaba a que declarara un día especial para verse presionada a no usarlo. A esto me contestó, ni corta ni perezosa, ni con un atisbo de mala conciencia, que ella era débil de carácter y carecía de la determinación suficiente para hacer las cosas por sí misma y que por eso pensaba que los buenos políticos deberían simplemente dar un paso al frente e imponérnoslas. Mientras ese día glorioso de imposición no llegara, ella seguiría usando su coche cada día para venir comodita al trabajo, en el que por supuesto tenía aparcamiento gratis y seguía pontificando para salvar el planeta. 

Mi otra compañera menganita se presentaba al resto de compañeros con gran simpatía y no mucho después aprovechaba la ocasión para declararse, así, como tarjeta de presentación, “muy roja”. En el entorno en que me desenvuelvo declararse “muy roja” es como un emblema de seguridad para indicar que a partir de ahí todo lo que haga o diga se le será perdonado por pertenencia al equipo correcto. No es que otros no se sientan también “muy rojos”, pero el hecho de ir ventilando uno cada poco tiempo su grado de rojez ya es indicativo de una persona que necesita dar señales de virtud frente al resto. El padre de mi compañera era sindicalista. Había ocupado una buena posición en el sindicato y se había beneficiado de la información que pasaba por sus manos para favorecer a su hija como buen padre. Lo deducía por nuestras conversaciones y por algunas cosas que me desvelaba. Pero todos los privilegios de los que se hubiera beneficiado mi compañera por esta información estaban muy bien porque se habían hecho en nombre de los trabajadores, o mejor, de los obreros. No entendía yo que cómo siendo todos tan rojos la niña hubiese estado escolarizada en uno de los colegios de monjas más renombrados de su tierra en el que aprendió piano y ballet relacionándose con otra gente que para nada se consideraba “muy roja” pero cuya compañía y conexión se podían bien tolerar en nombre de los obreros. Como también se podía tolerar en el sagrado nombre de los obreros el estupendo chalet con piscina en el que vivían. Nada de esto, ni tampoco el cochazo que poseían era contradictorio en absoluto, porque lo que ella quería literalmente es “que todo el mundo pudiese permitirse” las mismas cosas de las que ella disfrutaba. Entiéndase, obviamente, que los “no rojos” sienten tremenda aversión a este tipo de igualitarismo. Hasta ese momento de dicha universal, supongo que ella podía vivir con el peso de que fuesen sólo unos pocos privilegiados, entre los que se encontraba su familia, los que las disfrutaran, pero siempre, no se nos olvide, mirando por el bien de los obreros. 

Mi compañero el fulanito era otro militante rojo. Un señor con un pie ya en la jubilación que se jactaba públicamente casi a diario de su inclinación política despreciando la contraria, actitud que a mí se me asemeja bastante infantil pero que parece ser del gusto del personal en ciertos gremios, tal es la popularidad de la que parecen gozar estas manifestaciones públicas. No sé si es un patrón pero desde luego he observado con curiosidad en mis círculos la repetición de la historia de descendiente de padres muy conservadores, a menudo incluso de militares o burócratas bien situados en el régimen, que para resarcirse de su pasado pasaron a ser misioneros sonados de la fe contraria. Por supuesto esto no implica, como hemos dicho, renunciar a ninguno de los privilegios que su crianza entre la élite les hubiera podido traer, ni por supuesto no asumir otros que le haya brindado la vida aunque éstos supusieran pequeñas contradicciones en sus convicciones. Por eso, por ejemplo, a la hora de elegir entre una compañía privada o la seguridad social para hacerse cargo de su salud,  mi fulanito eligió por supuesto la privada asumiendo que en caso de verdadera urgencia ya se cambiaría a la pública, “donde tienen más medios para los casos graves pero son más lentos para los leves”. Mientras llegaba o no ese momento, prefería, claro, el trato personalizado y elitista de la privada. Este tipo de persona es también el mismo que aboga, por ejemplo, por educación pública universal y obligatoria por zona para todos sin distinción de clase. No duda, sin embargo, en llevar a sus hijos a un colegio privado o concertado que siempre “les pilla más cerca” porque resulta que ahí va a estar “más entre sus iguales” y “las amistades y las relaciones son muy importantes en la vida”, quién lo iba a decir. Mientras, y para compensar, es muy probable que la misma persona hable a cada ocasión de la importancia de la inclusión y de la integración, que amablemente deja en otras manos. Bastante hace ya él con despertar la conciencia de los intolerantes hacia el tema. Además, en el colegio de sus hijos hay siempre un par de niños pobres, ay, perdón, “de ambientes desfavorecidos”, que le brindarán estupendamente la coartada con la que presumir de inclusión.

Ya por último, siempre recordaré el caso de una compañera fulanita de probada buena cuna que volvió a su puesto dos años antes de jubilarse y después de haberse pasado más de veinte enredando en los entresijos burocráticos del Ministerio de Educación. Por supuesto llegó presumiendo de las novedades que habían avanzado en su equipo, entre las que estaban, según ella, la creación de los grupos de compensatoria para alumnos de entornos desfavorecidos y problemáticos. Observando su efusión por el legado que nos había dejado le pregunté si quizás quería ver el fruto de su trabajo dedicando un año de su vida a un susodicho grupo que otros desgraciados teníamos la suerte de disfrutar año tras año. Y le pareció estupenda idea, que ella traía en su cabeza que en cuanto confesara a los tales niños lo mucho que ellos significaban en su mundo y la inspiración que les provocaba, y en cuando su bienintencionada persona con su estupendo talante se dispusiese a enseñarles cualquier cosa, todo iban a ser sonrisas, aplausos y caras de emoción contenida ante tanto agradecimiento. Pero la práctica resulta no tener a veces nada que ver con la teoría, como suelen nuestras planas expectativas a menudo frustrarse ante las complejas realidades. La profesora resultó experimentar el peor año de su corta vida docente con adolescentes que confesaban abiertamente que la odiaban y le hacían la vida imposible en clase. Ni más ni menos que como solía ocurrir con el resto de los profesores fuesen más o menos bienintencionados y vocacionales. Así pues, y contradiciendo al trabajo de toda una vida, al otro año nos dejó a los demás el privilegio de dedicarnos al grupo de compensatoria de cuya creación ella se sentía tan orgullosa y que tanto nos ha entretenido a generaciones de incautos.

En fin, que como para todo en la vida, si quieres permitirte contradicciones considerables sin que nadie a tu alrededor levante la ceja ni haga reproche al respecto, empieza primero por poder permitírtelo posicionándote en el equipo correcto. Las grandes contradicciones sólo están para unos pocos. Los no elegidos y los parias sigamos comportándonos tan virtuosamente como la vida nos permita e incurramos sólo de vez en cuando, como no puede ser de otro modo, en alguna que otra pequeña contradicción.   

(Imagen: «Che Guevara T-shirt T-shirt» por Darren Cullen. Licencia: CC BY-NC 2.0)