La Nueva Razón

Revista política y cultural panhispánica

Polonia defiende a Occidente

Varsovia está acostumbrada a que sus aliados la dejen sola en caso de emergencia, pero la situación rara vez ha sido tan absurda como hoy.

Pocas veces ha sido esto más cierto que en los últimos días, cuando Polonia ha vuelto a ser empujada al papel de defensora de Occidente, una defensa que, a diferencia de la heroica intervención en la batalla de Kahlenberg [triunfo de la Europa cristiana, especialmente de las tropas del Sacro Imperio, además de otras tropas lituano-polacas y germanas en el segundo sitio de Viena, 1683, cercada hasta entonces por el ejército otomano, N. del T.], tiene la apariencia de una farsa. No porque el valor o el mérito polaco sea menor que entonces -al contrario-, sino porque toda la situación parece un esperpento malsano y mortal, donde nada es como debería ser, y donde incluso el cumplimiento del deber sólo puede traer asco.

En primer lugar, están Rusia y Bielorrusia: Habitualmente autoproclamados defensores del Occidente cristiano, no se avergüenzan de utilizar ellos mismos la inmigración masiva, habitualmente criticada a cada paso, como arma, y luego critican a Polonia por la supuesta violencia policial, una burla de mal gusto, que resulta aún más repulsiva por el hecho de que están dispuestos a jugarse la vida de decenas de miles de inmigrantes, arrojados como potencial carne de cañón contra la frontera polaca.

En segundo lugar, los aliados de Polonia. Varsovia está acostumbrada a que sus aliados la dejen sola en caso de emergencia, pero la situación rara vez ha sido tan absurda como hoy. Para Francia, Estados Unidos, la UE y, por supuesto, Alemania, están atrapados en un dilema sobre cuál de los dos antagonistas odian más: la Polonia conservadora o la alianza ruso-bielorrusa. Así que Occidente no hace nada, o mejor dicho, a nivel gubernamental, Polonia se asegura su apoyo mientras aprieta los dientes; pero los medios de comunicación, las ONG y muchos políticos critican cada vez más el trato «inhumano» de los migrantes por parte de las fuerzas de seguridad polacas y desarrollan una imagen de «refugiados atrapados entre Polonia y Bielorrusia», que ignora por completo la cuestión de cómo y por qué estos migrantes sirios e iraquíes llegaron a los bosques del este de Polonia…

Y, por último, los propios emigrantes: hace 350 años eran conquistadores bien pertrechados que atacaban a Occidente; hoy son jóvenes pobres perdidos entre el hedonismo occidental y el fundamentalismo retrógrado y que, en busca de una vida mejor, quieren utilizar la violencia para extorsionar el asilo y la limosna de aquellos a quienes desprecian en el fondo de sus corazones.

Ante esta constelación, y en contraste con la de 1683, Polonia sólo puede sentir asco y esperar poco honor. Y, sin embargo, tal vez sea eso el verdadero heroísmo: cumplir con el deber no sólo cuando se trata de la gloria en una gran batalla, sino también cuando se trata «sólo» de una cuestión de principios, como si ese principio no fuera más importante que cualquier éxito externo. Porque sí, no sólo la defensa de una civilización, sino también la integridad de una frontera nacional es un valor tan elevado. Y por difícil que sea de entender hoy en día, este valor abstracto puede competir con el peso moral del sufrimiento individual retratado por los medios de comunicación, porque expresa la voluntad de mantener un sistema de reglas autónomas y seculares que, una vez abolido en un punto tan central como el respeto de las fronteras, ya no puede reclamar ningún otro respeto. Esto también es «Occidente».

(Traducción: Carlos X. Blanco. Artículo en francés: https://tysol.fr/a75110-La-Pologne-d-fend-l-39-Occident)