La Nueva Razón

Revista política y cultural panhispánica

(Imagen: Ministerio de Defensa del Perú. CC BY 2.0)

¿Por qué fracasa la representación política en el Perú?

El Perú carece de una base política que marque los intereses de su población a lo largo de su historia como república.

En el Perú, la política tiene una notable autenticidad que la hace bastante particular y diferente al resto de directrices de la región. Debe ser sabido también que los últimos resultados electorales han dejado a más de uno con una desazón, que genera una impotencia generalizada entre la población.

Las últimas elecciones presidenciales arrojaron como resultado a un candidato, hasta hace poco conocido, sobre todo por los limeños, Pedro Castillo (izquierda), ocupando el primer puesto dentro de las preferencias de la población, mientras el segundo lugar fue tomado por la candidata Keiko Fujimori (derecha), quien, al contrario de su contrincante, goza de ser conocida por la mayoría de la población, no solo por sus anteriores candidaturas, sino por ser hija del expresidente Alberto Fujimori. Destaca también que los resultados con los que ambos pasaron a segunda vuelta no superan el 20% de los votos.

El tratar de explicar la situación actual, las consecuencias socio-culturales y el futuro del país mediante el estudio de los fenómenos que la produjeron no es la intención de este artículo. Por lo contrario, formular una hipótesis acerca de cómo se llegó a este momento y por qué la historia parece repetirse, de cierta manera, una y otra vez, es por lo que se escribe este texto.   

¿Desde cuándo el Perú se encuentra sin verdadera representación?

Analizar sólo la perspectiva de lo sucedido desde inicios de siglo en adelante es rascar solo la superficie, por lo que ir más atrás es de suma importancia para desarrollar lo que se quiere explicar. Para hallar el origen del problema hay que remontarnos al ya lejano año 1895. ¿Qué sucedió aquel año? Surgió el elitismo partidista. 

República aristocrática

Tras la dolorosa Guerra del Pacífico, que enfrentó al Perú y Chile, el Perú entró en una fase que iniciaba por la entrada en escena del Partido Civil. Esta época es conocida como la de los “notables” o la “república aristocrática”.

Durante este tiempo se formó el dominio oligárquico que dio forma al Estado y que funcionó en forma de pacto, mediante el cual se permitió al Perú la entrada al circuito mundial económico-comercial promovido por el auge del liberalismo. Todo este sistema sostenido por un pequeño grupo de tecnócratas que, al gozar de mayor acceso a educación y oportunidades, eran los más aptos para gobernar, pronto no podría repartirse el poder y control sobre un país que crecía mucho y no exactamente en la capital (sede de los “notables”), sino sobre todo en el resto del país. Con todo esto, es presumible admitir que la representación de los peruanos para con sus gobernantes era bastante pobre, puesto que la oligarquía limitaba el alcance al poder. A partir del gobierno de Billinghurst se podría decir que comenzaba el final para este ciclo en la política peruana, y para el año 1919 se dio por terminado este periodo.

Ciclo de las masas

A partir del año 1919 se da inicio al segundo ciclo, uno que traería al sujeto popular como principal actor, por lo que sería conocido como el ciclo de las masas. Esto sería causado sobretodo por las migraciones masivas del campo a la ciudad a mediados de siglo XX. Lo andino tomaba el lugar que, por peso demográfico, le correspondía en la política, aunque por razones diferentes -como el hecho de que los civilistas (oligarquía) no cayeran e intentaran forjar alianzas con el eje militar para permanecer en la cúpula de poder, así como la aparición de nuevas fuerzas políticas (APRA, Partido Comunista)- tuvieron que o acercarse o alejarse de la institucionalidad política. Por lo tanto, la comunicación política-social, aunque fuese mayor que años atrás, seguiría siendo deficiente.

En este ciclo pasarían a la historia el conocido de oncenio de Leguía, los ocho años de Manuel A. Odría, caudillo recordado por sus obras populares y por reconocer el derecho a voto para mujeres alfabetas, y los tan sonados siete años de, para variar también caudillo, Velasco Alvarado.

En el caso del reformismo velasquista, es donde uno detecta los principales actos que caracterizan a este ciclo. Desde la toma del poder en 1968, el régimen militar reformista se caracterizó por dar la contra a los anteriores regímenes, puesto que no se encargó de  proteger al poder oligárquico de sus enemigos, sino más bien buscó darle final. Logrando algo que no estuvieron ni cerca de lograr los apristas o comunistas, quitar el poder a la oligarquía. 

El velasquismo será recordado por su carácter reformista en cuanto a lo estructural (teniendo como máximo ejemplo la reforma agraria) y hasta por medidas de índole antiimperialista, como la nacionalización del petróleo. 

Durante este tiempo, también se ilegalizaron los partidos políticos no afines al gobierno, por lo que esto afectaría el ya lento avance de una sintonía entre lo político y lo social, ya que mientras la actividad política estaba frenada, la sociedad seguía movilizándose y se encontraba bastante activa.

El régimen vería un cambio de rumbo cuando el ala derecha del gobierno “revolucionario” daría un golpe en el año 1975, de la mano de Morales Bermúdez, y no abandonaría el poder hasta 1980.

En este periodo, la izquierda encontró en la actividad política ilegal una ventaja para difundir sus ideas, lo que llevó a pensar a muchos en el sector, que tras los regímenes militares lo que vendría sería la tan ansiada revolución popular, pero, contrario a lo que pensaban, lo que advino fue una transición democrática, resultando ganador el partido que había sido despojado del poder en el golpe militar del 68, Acción Popular (centro-derecha), con el mismo líder, Fernando Belaúnde Terry. Como explicaré más adelante, este hecho sería más que una voluntad por regresar al orden pasado, un espejismo que lo que buscaba realmente era una verdadera representación nacional.

Algo que durante este tiempo se estuvo formando desde las sombras fueron los movimientos extremistas de corte revolucionario (izquierda), como lo son Sendero Luminoso y el MRTA (Movimiento Revolucionario Túpac Amaru), que vieron en la ya notoria crisis económica que dejaba la época caudilla una oportunidad para, ahora sí, dar paso a la revolución popular. 

Llegado el año 1985, y con una izquierda que se mostraba como la más decidida en la batalla cultural, el pueblo eligiría a Alan García Pérez, del partido aprista (izquierda), como jefe de gobierno. Durante este gobierno, el bien llevado relato populista a principios del mandato del diestro orador García no sostendría por mucho los resultados de sus políticas, que, en cuanto a lo económico, fueron un desastre, y llevaron al país a una precariedad estructural que si bien ya llevaba muchos años así, se agudizó, producto de una de las mayores crisis económicas que el país había vivido en su historia, con una hiperinflación que se cargó el poco desarrollo económico que se había logrado años atrás.

Mientras todo esto sucedía, el avance de los grupos armados revolucionarios que se transmutaron en terroristas parecía no tener impedimentos, puesto que los ataques y atentados no hacían más que agravarse por todo el país, sobre todo en ciertas zonas de la sierra, donde el poder del Estado era menesteroso, y se tomaba ventaja de ese vacío de poder.

Este gobierno, se consideraría también otro espejismo, puesto que intentó, sin éxito, tomar las medidas radicales y revolucionarias que una sociedad, supuestamente de mayoría izquierdista, apoyaría. Nuevamente, al parecer, llegaban en un momento en el que el grueso de la población no apoyaba plenamente ni se identificaba con las políticas del sector al mando.

Época de los outsiders

Llegado el cambio de gobierno, la política traería otro espejismo (tercero), puesto que el ascenso de la figura de Mario Vargas Llosa, mostraba ahora sobre el papel, una sociedad de derecha, que apoyaba las medidas pro-mercado, un cambio bastante pronunciado, puesto que el otro candidato que se erigía como el rival del literato, Alberto Fujimori, también compartía una ideología política de derecha. 

Resaltar que durante este tiempo, las elecciones de 1980, 1985 y 1990 tuvieron una participación de los partidos políticos tradicionales bastante decreciente, que sobrepasaron el 80% en 1980, y que a duras penas llegaron a un 5% una década después. Estos datos reflejan bastante bien la realidad de los partidos políticos en el país. 

Las elecciones tendrían como resultado, el triunfo de Alberto Fujimori, quien aprovechó lo que tanto había funcionado hasta la fecha, el discurso popular. El gobierno de Fujimori se caracterizaba por la gran cantidad de medidas de corte liberal, que pese a ser necesarias para rescatar la economía, no fueron del todo bien recibidas, porque las condiciones a pagar fueron duras, el cambio de moneda y la venta masiva de empresas públicas fueron los sucesos principales. Destacar también el hecho de que en 1993 ocurrió el último cambio de Constitución en el Perú hasta la fecha, promulgada por el presidente Fujimori, aunque rescatando bastante de la última (1979). Estos cambios marcaron ciertos aspectos de la política, y sus efectos perdurarían bastante en el tiempo. 

Con Fujimori, se dio inicio al tercer ciclo de la política en el Perú. Esta etapa se caracteriza por la constante presencia del ‘outsider’, quien suele aparecer como aquel rayo de luz en el que depositan sus esperanzas aquellos indecisos (la mayoría) que, a poco tiempo de que se lleven a cabo las respectivas elecciones, escogen a quien, según ellos, está más alejado de la clase política (percibida como corrupta).

Durante este tiempo, ocurrieron grandes hitos como la derrota del terrorismo por parte de las fuerzas republicanas durante el gobierno de Fujimori, aunque la operación fuese más un trabajo de años que mérito puro del gobierno de turno. Destacar también las presidencias de Alejandro Toledo, quien cursó las épocas de recuperación, el segundo gobierno de Alan García, a quien el pueblo dio una segunda oportunidad y los recientes gobiernos de Ollanta Humala, Pedro Pablo Kuczynski y Martín Vizcarra. 

Lo importante a destacar es que desde Alejandro Toledo hasta el último, Vizcarra, todos, salvo por García quien fue escogido por ser considerado un mal menor frente Humala, personificaron la figura del outsider desde un principio, y que por lo mismo gozaron de una gran popularidad.

Pero lo que resulta más resaltante aún es que todos ellos se encuentran bajo procesos de investigación por casos de corrupción, ingresando incluso uno a prisión, como es el caso de Humala, y hasta llegar al suicidio, por parte de Alan García, quien, tras encontrarse acorralado por la justicia, tomó tal fatal decisión. 

Estos casos debilitan a la figura del outsider, y la imagen de la política en general. Estos hechos no hacen más que desenmascarar lo que verdaderamente se esconde tras ella, una figura artificial, que solo ha traído falsas esperanzas a un pueblo que aún no persigue una política común. Tampoco critico su existencia como fenómeno, porque dentro de lo que cabe, se han evitado graves crisis políticas, y ha permitido el desarrollo económico de gran parte de la sociedad peruana. Cómo vaya a evolucionar la situación de los outsiders en la política peruana, es un fenómeno que solo el tiempo definirá. 

Trasladando a temas actuales, la contienda entre Pedro Castillo y Keiko Fujimori hace recordar a la experiencia que el país tuvo con García y Humala, salvando diferencias claro está, puesto que lo que parece que prevalecerá será la decantación por el mal menor (en favor de Fujimori), aunque en la política todo es posible y habrá que esperar los resultados. 

Como podemos notar, en la política peruana existe la constante de espejismos, desde la época de pre y postguerra del Pacífico, con el civilismo aristócrata, hasta la más reciente con el cambio repentino de la posición ideológica de la población en general en 1990. Esto lo que demuestra es la falta de comunicación y entendimiento entre el sujeto político y el social, que al no encontrarse en sintonía, persiguen caminos e ideas distintas. Una falta de comunicación que lleva lastrando la sociedad peruana desde sus inicios como democracia.

Con todo lo expuesto en este artículo, es de mi intención aclarar que este no es un discurso que afirme que la democracia no existe como tal o que no sirve en el Perú; por el contrario, trata de arrojar algo de luz al complicado tema acerca de por qué es que el Perú carece de una base política que marque los intereses de su población a lo largo de su historia como república, y por qué este fenómeno no es para nada algo nuevo en el país de los Andes centrales.