La Nueva Razón

Revista política y cultural panhispánica

Recordar las victorias

Europa no nació con la Unión Europea, sino con ese legado de Grecia, Roma y Jerusalén que terminó dando la civilización occidental.

El 450º aniversario de la batalla de Lepanto -no mencionaré que fue para Cervantes “la más memorable y alta ocasión que vieron los pasados siglos, ni esperan ver los venideros”- ha traído de nuevo al debate público la cuestión de la historia, la memoria y las conmemoraciones públicas. La derrota que la sublime Puerta sufrió en las aguas de aquel golfo detuvo, durante varias décadas, el expansionismo otomano en Europa. Es cierto que el sultán se repuso pronto de la pérdida de navíos y hombres, pero las incursiones de los piratas que asolaban el Mediterráneo cesaron. Para las potencias cristianas de la época, con excepción de Francia, la victoria fue un éxito militar y moral.

En realidad, entre los siglos XIV y XVII, las ofensivas otomanas sobre Europa podrían haber llevado a nuestro continente por unos derroteros muy distintos de los que siguió. Hasta la derrota definitiva de los otomanos a las puertas de Viena (1683) y la toma de Buda -habría que decir, más bien, la recuperación- en 1686, los europeos vivieron expuestos a la piratería en el Mediterráneo y a las invasiones a través de los Balcanes y la cuenca del Danubio. Uno de los primeros en ver la amenaza que se cernía sobre Europa fue, precisamente, Segismundo de Luxemburgo (1368-1437), rey de Hungría y emperador del Sacro Imperio Romano Germánico. Impulsor de una cruzada, sufrió la derrota de Nicópolis (1396) y fundó la Orden del Dragón en 1408. A ella perteneció, por cierto, el famoso Vlad III de Valaquia “El empalador”.

La corrección política y ciertos complejos han llevado a soslayar o, directamente, a evitar la conmemoración de las victorias europeas. Desde la defensa de Belgrado en 1456, a cuyo frente estuvo el gran János Hunyadi, hasta el asalto a los muros de Buda que encabezaron 300 españoles (hay una placa de tiempos de la II República que lo conmemora en Budapest), los Estados europeos se aliaron y superaron sus diferencias para combatir al enemigo común. No se vayan a creer que el imperio otomano hacía otra cosa. Al contrario, trataba de reclutar rebeldes y enemigos para engrosar sus filas y se benefició de una alianza con el reino de Francia que, ¡ay!, fue el único que faltó, desde 1536, a la cita de los europeos con su historia.

Los grandes nombres de aquellos siglos -el rey Segismundo, Hunyadi, los defensores de Eger en 1552, Jan III Sobieski, Carlos de Lorena y tantísimos otros- sufren un injusto olvido en las conmemoraciones de nuestro continente. A veces se los recuerda, no sin polémica, en algunas ciudades. Ahí está la controversia de la estatua del rey Jan III Sobieski que iba a emplazarse en Viena, la capital que él salvó con sus húsares alados, o la propia incomodidad de recordar fechas como la de Lepanto. En España, donde la invasión islámica llegó antes, no faltan los que se oponen a la conmemoración de la batalla de las Navas de Tolosa (1212), la toma de Sevilla (1248) o la caída de Granada (1492), que fue motivo de festejos por toda Europa cuando se produjo.

Quien no sabe de dónde viene, no puede saber a dónde va. Europa es lo que es porque resistió las invasiones islámicas. Los europeos deberían celebrar esas victorias como parte de una historia común de lucha y victoria. Europa no nació con la Unión Europea, sino con ese legado de Grecia, Roma y Jerusalén que terminó dando la civilización occidental. En Turquía se celebra la toma de Constantinopla. En mayo de este año, cuando se cumplen 568 años de la caída de la ciudad, el presidente Recep Tayyip Erdoğan la calificó como «una de las victorias más magníficas de nuestra historia».

Así que los europeos deberíamos hacer lo propio y recordar con orgullo y respeto las batallas que construyeron Europa. No, no es políticamente correcto, pero es necesario. Si no, se termina con cosas extrañas como las campañas de promoción del árabe como lengua de Francia.