La Nueva Razón

Revista política y cultural panhispánica

Se extiende más el alarmismo que los datos

Una vez ofuscados por la novedad de los acontecimientos, quedamos todos incapacitados para pensar clara y sensatamente y comenzamos a desenvolvernos en un mundo un tanto surrealista.

La vida te da sorpresas, sorpresas te da la vida. La pandemia nos pilló totalmente desprevenidos mientras andábamos inconscientes por ahí de quehacer en quehacer y de fatiga en fatiga. Quizás hubo unos pocos muy arriba que en su incompleta e insustancial vida se dedicaron a fantasear sobre cómo legar un mundo nuevo moldeado a su imagen y semejanza y ya tenían sus escenarios pandémicos dispuestos para su jueguecito en el caso de que saltara la ocasión. Los demás luchábamos inconscientes por sacar nuestras vidas adelante de la mejor manera posible sumidos en nuestra ignorante e ingenua concepción de cómo funciona el mundo. Y nos vimos arrollados por el tsunami. 

Supongo que es todavía demasiado pronto para crearnos un retrato nítido de todo lo que ha pasado, y mucho menos para entenderlo y explicarlo en su contexto, pero el hecho de que empezamos a retirarnos un poquito del cuadro y ya lo podemos percibir con cierto alivio desde otra perspectiva sin la distorsión de la cercanía extrema, nos da motivos para sorprendernos y burlarnos un rato de la naturaleza humana. Después de todo será mejor reírse que lamentarse pues, como dice el dicho, ni agua pasada mueve molino ni, como dice la canción, hay que llorar que la vida es un carnaval.

Recordemos las películas de catástrofes tan típicas de los setenta. A ver, es que en los setenta había muchas, aunque este género no se haya extinguido nunca. Pareciera que periódicamente, como una moda clásica que no termina nunca de pasar, tiene que salir el recurrente tema del fin del mundo, la destrucción de la humanidad, el castigo divino por el mal del hombre en su entorno y similares para regocijo y satisfacción de una nada despreciable cantidad de gente que le gusta sentir la tensión, el miedo y la revelación de su intrascendente y leve existencia. El asunto es que es precisamente en momentos de crisis donde todos nos quitamos la careta y tenemos la oportunidad de comprobar lo mejor y lo peor del género humano. De hecho, es bien sabido que las virtudes de las que muchos presumen verbalmente se demuestran de verdad en caso de crisis o presión, lo demás es puro paripé de hashtag simplón y lema barato. ¿Qué tal se han portado ustedes en pandemia? ¿En cuántas locuras han incurrido o cuántas locuras no han apoyado? ¿En qué lado de la historia quedarán cuando todo esto pase y miren hacia atrás con perspectiva? 

Por lo general, la mayoría de la gente tiende a estar satisfecha consigo misma, con su forma de actuar y de ver el mundo, principalmente porque tiene que soportarse a sí misma las veinticuatro horas del día, y eso no es nada baladí. Toda persona sana se inclina a imaginar que, mirando hacia atrás y situándose en sucesos claves de la historia o en crisis ficticias de videojuegos, películas o narrativa nosotros hubiésemos estado del lado del héroe. Sin embargo, está claro que, por estadística o por probados estudios sobre la naturaleza humana, lo aplastantemente más probable es que estuviéramos del lado de los perpetradores y no del de los héroes, entre otras cosas porque ser héroe requiere una entereza, una integridad y una valentía ajenas al común de los mortales, si no, ¿de qué el mérito? Por ello convendría siempre hacer un ejercicio de humildad e intentar bajar del pedestal de virtud en que el que la mayoría creemos estar para vernos en un papel mucho más profano y vergonzoso y así poder ayudarnos al menos a analizar nuestra potencial idiocia y actuar en consecuencia en futuros dilemas. 

Todo comenzó con el pánico, o digamos mejor, el alarmismo que se extendía más rápido que los datos. Ese sobrecogimiento repentino de estar ante algo desconocido y no saber cómo actuar nos machacó a todos las mentes en diferentes grados de rapidez e intensidad. Una vez ofuscados por la novedad de los acontecimientos, quedamos todos incapacitados para pensar clara y sensatamente y comenzamos a desenvolvernos en un mundo un tanto surrealista, que aumentó aún más nuestro ya de por sí característico surrealismo como pueblo. Así fue cómo se instauró el doblepensar, la arbitrariedad, el sinsentido y el esperpento en nuestras vidas. Evidentemente los políticos, en su línea pragmática, no tardaron mucho en darse cuenta del potencial de la situación para llevar a cabo sus agendas, chanchullos, pesca de votos, lavados de imagen y aprovechamiento de todo tipo, como ya están programados a hacer por su naturaleza política, pero sorprendiéndonos mucho en sus nuevas filigranas, saltos mortales, piruetas y trucos de magia. Porque en eso se transformó todo el escenario occidental, en una especie de circo macabro en el que los políticos nos ofrecían a diario sus números payasescos y de variedades y nos tenían tan absortos como entretenidos mientras la diaria abrumadora cifra de víctimas nos seguía paralizando en nuestras casas. A propósito que esto me acaba de recordar ahora mismo al testimonio de Yeonmi Park al narrar sus experiencias en la dictadura norcoreana. Por lo visto, una de las muchas herramientas de control y propaganda que tiene el régimen norcoreano consiste en mantener en cada casa un aparato de radio que no se puede apagar, por lo que el súbdito queda forzado día y noche a escuchar los mensajes del régimen. Siendo sólo vagamente comparable, lo cierto es que ahí estábamos nosotros, aislados en nuestras casas oyendo día y noche los mensajes que todas las cadenas en desesperante unísono nos transmitían sobre la evolución de los acontecimientos. Y de repente y sin darnos cuenta, comenzamos a asumir como aceptable la mentira piadosa. Ahí fue donde nos perdimos, porque una vez instaurada, ¿qué cosa no podría ser aceptable? Otra vez nos habían mentido, pero qué iban a hacer, había que comprender el papelón en el que se encontraban. Además, la gente es muy díscola, es que había que hacer algo, o al menos parecer que estaban haciendo algo, porque si no cabía la posibilidad de la indignación, la desesperación, la rebelión y el caos. Y, la verdad, no sé por qué se temía tanto ese supuesto escenario. Después de todo, ni en los momentos más esperpénticos se vio jamás a la población de este país obedecer tan mansamente. No tengo duda que de esto hayan tomado pertinente nota los guardianes del rebaño, por si futuras ocasiones.

Y así fue cómo, dentro del drama y el miedo, se empezaron a vivir situaciones cómicas y absurdas de todo tipo de las que todos fuimos juez y parte. Consideremos la facilidad que poseemos la mayoría de nosotros para ver las cosas de un modo relativo: censurables si van con los demás o justificables si van con nosotros mismos. Recapitulemos un poco el dislate. Hubo de repente una proliferación considerable de viejas del visillo de todas las edades que velaban por el cumplimiento escrupuloso de cada una de las medidas arbitrarias que se les iban ocurriendo a nuestros queridos políticos. Aparecieron los vigilantes de balcón y nuevos ritos y ceremonias pandémicas. Nos dio por desinfectar hasta la extenuación. En este afán por la limpieza hubo gente que se despellejaba las manos para demostrar al mundo lo mucho que se lo tomaba en serio. Las vestales de los templos de comida llamados supermercados vigilaban con ojo avizor que no se mancillaran las reglas de tan sagrado lugar. Mientras que los imprescindibles para que tirara el país durante el confinamiento se rompían los cuernos trabajando física o virtualmente, los políticos cerraron el Parlamento. Se instauró el tráfico de perros para paseos ocasionales. Las mascarillas pasaron de contraproducentes a obligatorias en cuestión de semanas. Familias enteras y sus allegados comenzaron a participar en el timo masivo de la educación online. La escuela tecnológica primero nos llenó de optimismo innovador, luego nos volvió locos, nos decepcionó, nos desesperó, nos aburrió y nos frustró. En un momento comenzaron a aparecer disidentes. Los que salían de su casa se convertían en delincuentes a los que la multitud pedía linchar, con agravante si éstos estaban en una playa u otro anhelado y popular lugar de ocio. Proliferaron memes escondiendo nuestra impotencia detrás de la risa. Un poco más tarde, cuando nos dejaron salir, surgieron los policías dictadorzuelos, cuyo mayor regocijo era parar y multar a pobres trabajadores, despistados o arrojados que se atrevían a salir de su radio de movilidad permitido, no llevaban la mascarilla bien puesta o no mantenían la distancia de seguridad. También hubo otros policías que resignadamente se compadecían de los ciudadanos que no acertaban a saber lo que estaba permitido o no por lo cambiante de las medidas y permisiones. En el autobús un tosido era tomado no menos que como un grito de Al·lahu-àkbar, vaciándolo entero en parada y media. En playas y parques se cortaron los grifos. El coronavirus se tornó un virus caprichoso que afectaba o no según la hora y el momento y, sobre todo, según la conveniencia de los políticos. Así, por ejemplo, era un virus bondadoso mientras estabas o ibas a trabajar, pero era un virus mortífero si querías tomarte una caña, salir a medianoche o cruzar a otra comunidad en vacaciones. Coger un autobús o un tren para ir a ver a tus familiares a otra región se convirtió en el nuevo correr delante de los grises. En el bar estar sentado te permitía prescindir de la mascarilla, pero ni hablar de levantarte o moverte al baño sin ella. Curiosamente y ante sorpresa generalizada los médicos casi desaparecieron, especialmente los de cabecera. Los centros de salud de atención primaria se convirtieron en mitos cuya existencia real desconocíamos y que, si acaso, sólo atendían telefónicamente. Los grupos de personas permitidos en una mesa o en tu propia casa variaban según el día y el criterio del político de una región, etc, etc.  

Luego llegó la era vacunas. La era ciencia. La era de los salvadores y visionarios. Y la era de momentos distópicos en los que masas de población se concentraban en una especie de polígonos sanitarios en los que entraban y salían rápidamente con su vacuna puesta cual ganado marcado. No se correspondió esto, sin embargo, con la era de las responsabilidades, no. Para nada el aumento de poder de políticos y expertos de todo pelaje y la disposición sobre las voluntades ajenas fueron creciendo a la par que las responsabilidades, como cabría esperar. Ni mucho menos. El siervo ha nacido para obedecer, y después, pase lo que pase, las consecuencias y las responsabilidades son suyas. Si en todo este proceso improvisado surgen errores, nunca se podrá mirar atrás, siempre hacia adelante, nunca rectificar, porque tal acción implicaría reconocer que quizás lo hecho hasta ahora no estaba del todo bien o carecía de mucho sentido, ¿y cómo se pueden equivocar los inequivocables? 

La televisión, cómo olvidarlo, no cejó ni un solo momento en su empeño de crear conflicto, tensión, división y un nuevo estado de caza de brujas. Animaron veladamente, y a veces no tan veladamente, al control gestapo de unos ciudadanos contra otros y a la denuncia de los malos, incívicos y desobedientes prójimos. Televisaban segundas residencias cuando sus dueños, afirmaban los vecinos suspicaces, vivían en Madrid, válgame Dios, y también alumnos encerrados en hoteles durante su viaje de estudios porque habían estado “en contacto con positivos”, cosa que aparentemente no parecía haber ocurrido durante todo el curso académico. Se crearon así dos bandos que popular y despectivamente se llamaban unos a otros los negacionistas y los covidiotas, y que a día de hoy siguen enfrentados para deleite de políticos. 

Y mientras en Occidente entrábamos en una espiral de locura que arrollaba la economía y especialmente el pequeño comercio, en China, el lugar del que vino el virus, volvían tranquilamente a su normalidad y a vendernos de todo como auténticos campeones. Las grandes empresas, por su parte, también se frotaban las manos pensando en las posibilidades que se le abrían. Si viésemos el coronavirus como un gran crimen contra la humanidad y quisiéramos buscar al culpable, lo primero que nos preguntaríamos es Cui bono. Sin embargo, ha sido un accidente imprevisible, dicen, ¿quién lo podría poner en duda? De hecho, y recordando la gran película “I, como Ícaro”, no es buena idea construirse unas alas de cera para volar hacia el sol de la verdad, pues llegando demasiado cerca, el calor terminará derritiendo las mismas y lanzándote sin piedad al abismo. Así pues, amigos, cosas veredes que farán fablar las piedras, pero no a los hombres.   

(Imagen: La Moncloa – Gobierno de España CC BY-NC-ND 2.0)