La Nueva Razón

Revista política y cultural panhispánica

Se me pasó la Navidad

La Navidad, dejando al margen lo espiritual y lo simbólico, es principalmente una fiesta de celebración de la infancia y eso es lo que la hace especial.

Se me pasó la Navidad sin escribir algo referente a ella como hacen muchos columnistas y escritores es esta época. Pero cualquier momento debe ser bueno para intentarlo y nunca es tarde si la dicha es buena. Bien es verdad que hay pocas cosas que despierten la inspiración para escribir como el recogimiento familiar, la nostalgia de tiempos pasados, el anhelo por los que faltan, la reflexión sobre un año más que se nos escapa y una festividad que gira primordialmente en torno a la infancia. La Navidad es un tiempo agridulce para los mayores, insoportable para los huraños, y lleno de ilusión para los más pequeños. Bueno, digamos que eso es así al menos dentro de muchas familias sensatamente imperfectas, como las llamaría Gregorio Luri.

Decía Dostoievski que el que acumula recuerdos felices en su infancia, ése ya está salvado para siempre. Qué razón tenía este maestro de la psicología humana, suelo yo pensar conforme pasan los años. De los muchos y duros vapuleos que te da la vida, si hay algo que te ancla y te amarra al suelo cuando empiezas a deslizarte por una pendiente peligrosa son los recuerdos felices de infancia y quizás el anhelo de participar en la construcción de otros nuevos en nuevas vidas. Desdichado el que careció de una infancia feliz, aunque siempre le quedará la oportunidad de poder compensarlo en las nuevas generaciones siempre deseosas de atención, ilusión e inspiración. Nada tan reconfortante como poder releer y redescubrir el mundo de nuevo desde los ojos de un niño cuando a uno ya se le ha empezado a hacer todo tedioso. Y de ahí la importancia de tener uno siempre cerca, propio o ajeno, que te haga compartir su asombro y te dé la posibilidad de participar en su universo para mejorarlo un poco. Hablamos, desde luego, de crear el ambiente propicio que disponga a las mentes a cierta felicidad, y no a las condiciones materiales, que por muy propicias que sean y por mucho que digamos que ayudan, poco o nada contribuyen a la dicha de un niño. 

La verdad es que para escuchar a gente despotricar de la Navidad de modo recurrente tuve que esperar a la madurez de mi propia generación. No recuerdo yo haber escuchado jamás a las generaciones anteriores quejarse por la presión social de juntarse con familiares o allegados, la repetición de ritos que resultan ridículos a la razón moderna, el hecho de sentirse oprimido por el carácter de una tradición religiosa, el consumismo exacerbado, la felicidad transitoria impostada y demás lamentos propios de tardoadolescentes criados en la sociedad del bienestar. ¿Se creen ustedes que esa generación que nos está tristemente abandonando, al menos todos los que yo conozco, iban a hacer mohínes por que llegara la Navidad? Pues no, era gente que viéndose obligada a trabajar como burros para ganarse el pan, aprovechaban con la misma intensidad cualquier oportunidad de evadirse de las durezas de la vida, tener contacto social, disfrutar de compañía y de menú especial y entregarse al más pequeño atisbo de diversión. No recuerdo jamás a ninguno de mis mayores quejándose de tener que soportar a sus cuñados, de la mala educación y el ruido de los niños, ni, acabáramos, de verse pendientes de la tediosa tarea de decidir a la carta platos ya preparados que traer a la mesa. Es más, los recuerdo ilusionados, dentro de una natural preocupación por quedar bien, por lo que iban a servir a sus invitados, recibiendo con los brazos abiertos al que hiciera falta aunque nos tuviéramos que apretar, deseando que por la ocasión y rompiendo la rutina cayera alguna visita, soportando estoicamente los defectos de sus iguales y alegrándose del jaleo y la animación inusitada que ocasionaban los niños. Si en esto me equivoco y resulta que no estoy más que recreando vivencias idealizadas en ese paraíso de la infancia en que crecí, mi más sincero reconocimiento a esos mayores por haber contribuido a crearme hermosos y alegres recuerdos y espero, del mismo modo, ser capaz de estar a la misma altura con las generaciones que me siguen.

La cosa es que sí, que la Navidad, dejando al margen lo espiritual y lo simbólico, es principalmente una fiesta de celebración de la infancia y eso es lo que la hace especial. No gira en torno a hacer sentir bien a seres adultos de vuelta de todo, indolentes, narcisistas, amargados, egoístas, quizás simplemente aburridos, cansados y faltos de ilusión, que esos ya se pueden buscar por sí mismos y cada semana cómo celebrarse y congratularse junto a los que comparten con ellos gustos, ideas e intereses de adultos que están a su vez de vuelta de todo. Así que si uno no es capaz de ver el mundo con renovado interés a través de cada nuevo ser que nace, ni tampoco es capaz de sacar el niño que lleva dentro haciendo honor a su propia infancia, poco le aprovecha esta festividad que suele ser “siempre lo mismo”. Quizás sea éste el mismo tipo que cree también que hay que cambiar radicalmente el mundo de la educación porque todo avanza y no tiene sentido que sigamos aburriendo a los niños con “siempre lo mismo”. Pero, señores, ¿quién se desapasiona por un tema, el que no lo conoce y lo ve por primera vez o el que de conocerlo y repetirlo decide que se ha vuelto irrelevante para los demás?, ¿quién se desapasiona y se aburre de festividades y ritos, el que los vive por primera vez o el que los ve revivir y repetirse año tras año? ¿Y tan mal creen algunos que les ha ido en la vida con lo que les transmitieron sus mayores y que ha constituido la base sobre la que se han formado como adultos que hay que deshacerse de ello? ¿Y no será que, intentando mantener artificialmente de adulto el entusiasmo de vivirlo todo por primera vez huye del papel que la vida  y el paso del tiempo irremediablemente le asigna de ser ahora él responsable de esa transmisión? ¿Y no será simplemente un intento desesperado de eludir responsabilidades en una especie de síndrome Peter Pan? ¿Y si en esa negación de la propia realidad junto con una egoísta autopercepción de uno en ella no le importa llevarse por delante las infancias de otros que, aunque no quiera, ya dependen de él?