La Nueva Razón

Revista política y cultural panhispánica

Memorial a las víctimas del comunismo, Praga (JJmax CC BY-NC-SA 2.0)

Testimonios contra el comunismo


Esta semana ha habido cierta polémica en España por algunos homenajes a Stalin con ocasión del Día Europeo de Conmemoración de las Víctimas del Estalinismo y el Nazismo, que se celebra el 23 de agosto. En Sevilla, colocaron un cartel en una marquesina de autobuses. La empresa ha desmentido que sea una campaña contratada. Parece, más bien, un acto de vandalismo. En Valencia, colgaron en la fachada del Ayuntamiento una pancarta que rezaba “En defensa de Stalin”. Hace unos años, por cierto, colgaron una similar en las Torres de Serranos. La discusión quedó servida en Twitter con defensores y detractores del dictador soviético.

Una de las pruebas más claras de la confusión moral que sufre España es la simpatía que el comunismo sigue despertando en determinados sectores de nuestra sociedad. Los efectos de décadas de adoctrinamiento izquierdista, intensificado a partir de 2004, han arrasado a varias generaciones de jóvenes que añoran la revolución que nunca hicieron. De la misma manera que algunos quieren ganar, más de 80 años después, la Guerra Civil Española, hay otros que celebran la memoria de uno de los tipos más siniestros, más sanguinarios y más malvados que el siglo XX haya conocido.

Afortunadamente, la experiencia comunista dejó vacunada a Europa Central para bastante tiempo. Los bolcheviques, como los nazis, dejaron división, destrucción y muerte allí por donde pasaron. Muchos de los revolucionarios de la primera hora, todo hay que decirlo, terminaron asesinados por sus compañeros. Ahí están los ejemplos de Kamenev, Bujarin, Béla Kun, Trotski y tantos otros. El comunismo es inseparable de la purga, la cárcel, la cámara de torturas, el campo de concentración y la fosa común. Algunos de aquellos revolucionarios -entre los cuales, sin duda, hubo verdaderos valientes como Víctor Serge- terminaron sus días delatados a la Gestapo. Recuerdo la novela, basada en sus propias vivencias, que el húngaro Arthur Koestler escribió estando ya en Londres. Me refiero, naturalmente, a “El cero y el infinito”, cuyo verdadero título era “Oscuridad al mediodía” (1941). En ella, el veterano bolchevique Rubashov recuerda a los comunistas alemanes entregados a los nazis a partir de 1933 como forma de depurar de elementos disidentes el partido. 

Deberían publicarse y leerse más los testimonios de aquellos revolucionarios que se atrevieron a contar la verdad de lo que era el comunismo y sus regímenes de terror.

Se habla poco del checoslovaco Artur London y su estremecedor testimonio, “La confesión” (1968), que Costa-Gavras (no precisamente un sospechoso de fascista) llevó al cine en 1970 con Ives Montand en el papel protagonista y guion de Jorge Semprún. El mismo Semprún narró su experiencia en “Autobiografía de Federico Sánchez” (1977) y “Federico Sánchez se despide de ustedes” (1993). La maquinaria de poder diseñada para triturar el ser humano, el estrangulamiento de la libertad, la destrucción minuciosa y despiadada del opositor, el discrepante y el disidente… Todos estos rasgos están presentes en esa literatura que recoge algunas de las páginas más terribles, pero también más dignas, de nuestro tiempo. Me viene a la memoria el pasaje de “Requiem” en que una mujer se dirige a Anna Ajmatova a la puerta de la cárcel de Leningrado durante el terror de Yezhov. La señora le pregunta a ella, una poetisa conocida, si puede “dar cuenta de esto”. Ella le responde, “puedo”, y añade que “entonces algo como una sonrisa asomó a lo que había sido su rostro”. 

El 23 de agosto debería recordarse como un día infausto en la historia de Europa. El nazismo y el comunismo arrasaron el continente. Fracturaron sociedades. Enfrentaron a pueblos. Mataron a millones de seres humanos. La condena del nazismo es unánime, pero no así la del comunismo. Esas pancartas en honor a Stalin podrían ser un insulto a los millones -sí, millones- de muertos de los que Stalin es responsable. Sin embargo, son sobre todo una prueba de la confusión moral de la sociedad española. Nos queda el consuelo de la claridad que aún se mantiene en Polonia, la República Checa, Eslovaquia, Hungría y otros países que sufrieron la tragedia del nazismo y el comunismo. Allí sí saben que no hay totalitarismos buenos. 

Eso me permite albergar cierta esperanza.