La Nueva Razón

Revista política y cultural panhispánica

El bufón real Mujkó, Székesfehérvár, Hungría (Mr No CC-BY-3.0)

Tiempo de enanos, niños y bufones

Decir uno su opinión siendo ésta crítica con la narrativa vigente se ha convertido en un acto de rebeldía insuperable al que sólo los más duros se atreven.

Tiempo de enanos, niños y bufones.

Si no vives aislado en un monasterio, no eres un ermitaño o simplemente no has perdido la cabeza y ni sientes ni padeces con lo que pasa a tu alrededor, te habrás dado cuenta de que, como sociedad, hemos entrado en un remolino de gilipollez (disculpen el lenguaje soez), por el que inevitablemente con más o menos fuerza, mayor o menor radio de acción, terminaremos yéndonos por el sumidero. No sé si se sale de un remolino. Quizás sí, con energía y ayuda. ¿Disponemos de energía y ayuda y sobre todo de voluntad para escapar? Pues no, asumámoslo. En un tiempo en el que defenderse uno no requiere el arrojo de enfrentarse cara a cara con la amenaza, machete o pistola en mano, hemos abandonado incluso la valentía de hablar. Decir uno su opinión siendo ésta crítica con la narrativa vigente se ha convertido al parecer en un acto de rebeldía insuperable al que sólo los más duros se atreven. No esperemos tampoco ayuda externa, en este sentido, prácticamente todo occidente está ya ahí metido dando vueltas derechos a la cloaca. 

Somos criaturitas frágiles, dóciles y emocionales a merced de los oportunistas de turno que tienen ideas fabulosas sobre cómo manejar, canalizar, y sobre todo monetizar tan buena disposición de la masa contenta. Entendamos “contenta” así, a lo grande, a pesar de las obvias luchas individuales de cada uno por salir adelante, contenta en un sentido general en el que el horror y la fealdad nos es tan ajeno como el pollo (la idea abstracta del animal) cuando compras pechuga en el supermercado. Hace ya algunos años, una amiga mía estadounidense me visitó y quedó impresionada en el mercado al ver colgados, desplumados y despellejados a los animalillos para su venta, así, tan evidentes y reales. Divertida por la novedad, le gustaba escuchar a la gente pedirle al carnicero cómo debía descuartizar al animal y qué parte se llevaba a casa. Lo veía tan terrenal y primitivo o quizás tan exótico por su conexión con la esencia natural del hombre que tomó en gracia acompañarnos al mercado casi como experiencia de autenticidad. Como siempre digo, los estadounidenses nos llevan unos años de adelanto, pero al fin y al cabo son el espejo en el que mirarnos para ver nuestro futuro. Nuestro futuro, desde mi punto de vista, es bastante inquietante, pero el imperio siempre impone las modas. La vejez, la muerte, la fealdad y la crueldad y esos temas que nos incomodan a los humanos llevaban tiempo desapareciendo allí de la vida pública y relegándose a lo privado o a lo morboso, para mostrar en el día a día y de cara al público un mundo más aséptico, pero a la vez y para compensar, exagerado en las “buenas emociones”. Vamos, lo que se dice un mundo hipócrita que aquí hemos tardado unos añitos más en asumir, pero que como buenos discípulos vamos camino de bordar.

En fin, que igual que hablar espontáneamente usando lo que antiguamente se llamaba el sentido común y hoy no se sabe qué es, repetir lo que antes se llamaban verdades y hoy son proposiciones relativas, o simplemente opinar alegremente como si estuvieras hablando con seres racionales capaces de aceptar visiones distintas a las suyas sin sufrir trauma agudo alguno, se está poniendo tan difícil como intuir que aquello rosa en estéticos cortes que yace en bandejas blancas en el supermercado una vez era un pollo. Es más, para el que nunca haya visto un pollo muerto aquello puede ser cualquier cosa y por la misma regla de tres, y por amor a los pollos, él se podría comer cualquier otro derivado que supiese igual. De ahí los Bill Gates fantaseando con producir sus cosillas. Todos somos hijos de nuestro tiempo y unas cosas terminan llevando a otras, qué le vamos a hacer. 

No mientes al pollo, ni lo pienses, casi ni lo toques no te vaya a impregnar de realidad con su textura viscosa. No tientes a la suerte y seas un espontáneo tirándote al ruedo público donde todos miran ansiosos, unos expectantes de que te den la cornada, otros angustiados por ver cómo te zafas de las embestidas del toro. Pero tampoco mientes al toro, que es animalismo. Así que se está poniendo difícil la cosa porque mientras los que tienen algo sensato que aportar al mundo, o simplemente los que repiten y siguen transmitiendo a las generaciones venideras el saber destilado que durante siglos nos hemos afanado en conservar y valorar se callan ante arrebatos de una sociedad infantilizada y enajenada, los narcisos que nadie calla ni replica se vienen arriba y cada vez gritan más e imponen su orden. Si algo está claro es que igual que dinero llama a dinero, locura llama a locura. Pues bien, una vez inmersos en el remolino, no habrá más que dejarse llevar y ver a dónde nos lleva, qué remedio. 

Esto de no oponerse desequilibra la balanza del juego de la negociación democrática y puesta en común de ideas y nos puede llevar por derroteros indeseados.

Oponerse es tedioso, cuesta energía y no aporta nada. Es más fácil no meterse e ir con la corriente, sobre todo si ésta baja enérgica y rápidamente. Pero esto de no oponerse desequilibra la balanza del juego de la negociación democrática y puesta en común de ideas y nos puede llevar por derroteros indeseados. Mírense ejemplos del siglo XX como ejemplo de lo que significa callar al adversario.

Siempre digo que todo el mundo debería conocer los dos reveladores experimentos psicológicos sobre obediencia y la conformidad realizados por Milgram y Asch respectivamente. El primero, intentando explicarse la locura que llevó a secundar e incluso cometer las atrocidades nazis entre personas aparentemente normales, cívicas y afables, demostraba qué fácilmente se puede uno volver el verdugo con un poco de presión de lo que consideramos una autoridad y que puede ser únicamente alguien que se dé el halo de tal usando un tono persuasorio y una simple bata blanca. No hace falta más que creer que uno está ante una autoridad para obedecer sin oposición y quedarse con la conciencia bien tranquila de que la responsabilidad no corresponde a él. Así es, creer. Ni siquiera saber o exigir demostración de tal autoridad. Con estos dos parámetros y sin necesidad de mayor presión (imaginen pues qué pasaría ante amenazas de muerte u otras presiones), la gente se presta a dejarse llevar por donde les digan sin oposición o criterio propio y venciendo a su conciencia. El segundo, el experimento de Asch, va de lo fácil que es conformarse a lo que diga la mayoría aun a sabiendas de que ésta está equivocada. Lo sencillo que, únicamente por miedo al ridículo o a ser señalado, es dejarse presionar por la opinión de los demás y hasta convencerse de que quizás, por la convicción que muestran los demás, pudieran estar mejor informados y el equivocado fuese él. Lo curioso de ambos experimentos es cuando entra el factor “oposición”. En el momento en que los sujetos de estudio oían aunque fuese una voz discrepante o una autoridad dudosa ante lo que se estaba haciendo allí, la actitud de muchos de los participantes cambiaba radicalmente, les entraba la valentía y volvían a su ser. Así de importante es oponerse. Por eso, señores, cuando se le tacha a la oposición de no estar colaborando o de poner continuamente trabas, piensen simplemente que está cumpliendo con su cometido. No tendría sentido llamarlo oposición si no fuera así.

Apliquemos estas enseñanzas a nuestro día a día. Podemos optar por pelearnos y sacarnos los ojos o simplemente aceptar que las voces divergentes son absolutamente necesarias para vivir en paz y con cierto equilibrio en lo que queda de nuestras democracias. Pero resulta que nuestras élites y autoridades han llegado a un momento crítico en el que les es mucho más cómodo callarse o dejarse llevar por el viento que corre. Se preocupan de tener problemas en sus trabajos, de que los pongan en una lista negra, que sus hijos tropiecen con algún obstáculo debido a sus opiniones, de enfrentarse a pasar algo de vergüenza pública, de que sus carreras se vean perjudicadas de algún modo. Estamos pues huérfanos de figuras importantes que se opongan a la locura gobernante. Por eso, dejados a nuestra merced, es importante empezar a apoyar a los que sí pueden hablar y que, como es tradición, son los niños, los bufones y los enanos, en un sentido metafórico, claro. 

Siempre es señal de tiempos revueltos cuando los humoristas se empiezan a sentir incómodos y amenazados en su libertad de reírse de lo que les venga en gana.

Creo que muchos subestiman la figura del bufón. En un contexto en el que nadie se atrevía a espetar verdades o temía las consecuencias por hacerlo, el ingenio y el humor de esta figura ante la autoridad constituían una válvula de escape y un soplo de aire fresco. Sus puyas salían adelante con cierta impunidad precisamente por su camuflaje humorístico, y los buenos gobernantes hasta agradecían la crítica sana y entendían la importancia de no perderse en las nubes de su ego. En la Antigua Roma, no olvidemos, los generales en sus desfiles triunfales tenían detrás un siervo que les repetía esta gran verdad: “Hominem te esse memento!” – “Recuerda que eres un hombre«. Sin embargo, cuando los malos gobernantes y los totalitarios empiezan a ser legión, son muchos los arribistas amenazados que huelen el poder destructor del humor y su ataque directo a los cimientos de la solemnidad del ideario que se quiere imponer. Recuerden que siempre es señal de tiempos revueltos cuando los humoristas se empiezan a sentir incómodos y amenazados en su libertad de reírse de lo que les venga en gana. Mírense de nuevo los ejemplos recientes del siglo pasado.

Anímense, pues. No es tan difícil. Se trata ahora de apoyar y dar altavoz al “niño” que inocentemente dice que el emperador va desnudo, a los espontáneos que consideran que por decir lo que piensan no pierden nada y se expresan como les place, a los “enanos” que por su condición todo el mundo subestima, a los don nadie que viéndose envueltos sin pedirlo en un nuevo grupo de influencia levanta voces críticas contra las locuras del mismo, y por supuesto a la buena sátira que causa incomodidad al orden imperante y se ríe del estado de las cosas. Pues anda que no hay cosas de las que reírse en estos tiempos que nos ha tocado vivir… Pero, oigan, no confundan, que payasos ya tenemos suficientes, y demasiados se parecen al de “IT”.