La Nueva Razón

Revista política y cultural panhispánica

(Imagen: Museo Memoria y Tolerancia CC BY-SA 4.0)

Tolerancia insoportable

Confundir la tolerancia con la resignación absoluta a cosas que nos hacen sentir mal o no nos gustan nos perjudica mucho individualmente y más a nivel de sociedad.

Corría el año catapún, siendo yo aún muy joven, inocente e incapaz de argumentar, cuando una amiga mía me propuso no sé qué locura de las muchas que se nos podían ocurrir a esa edad y con una moto en las manos. Sinceramente no recuerdo la locura, lo que sí recuerdo es que yo no la quería hacer y que, incapaz de dar razones de por qué yo intuía que aquello me podría perjudicar más que beneficiar y simplemente no conciliaba mi tranquilidad de espíritu con la idea, le espeté que no iba a hacer aquello porque iba “en contra de mis principios”. Todavía me resuena en los oídos aquella fuerte carcajada de mi amiga parada en la carretera que me repetía jocosa “¿porque va en contra de tus principios, pero qué principios?”. Creo que fue en aquel momento en el que me di cuenta de que, primero, debía ordenar tales principios en palabras y argumentos para poder defenderme en caso de necesidad y, segundo, a los amigos adolescentes hay que hablarles claro y decir “mira, no lo voy a hacer y punto, no me apetece, hazlo tú si quieres”. Y es que si es malo dejarse llevar por un colega contra los “principios” de uno, peor es, y más a esa edad, quedar expuesto al ridículo.  

Tolerante es dejar pasar absolutamente todo para que no te tachen de intolerante.

¿A qué venía esto? Ah sí, a los principios y la falta de ellos y a la tolerancia. De eso quería hablar hoy. La tolerancia es la reina del baile hoy en día, ¿quién iba a renegar de ella? Todos somos tolerantes, unos más que otros, y los restantes, fanáticos de la misma. Como todos los conceptos están variando últimamente y ampliando sus acepciones, “tolerante” no es ya el que a pesar de no estar a favor de una cosa o una idea controla sus instintos, lo soporta estoicamente, y no la emprende a insultos o golpes con el adversario. Vamos, algo así como ese doloroso ejercicio que hacemos cuando gana las elecciones el partido que no nos gusta o la copa tu equipo rival. “Tolerante” hoy es mucho más. Tolerante es dejar pasar absolutamente todo para que no te tachen de intolerante. Ser tolerante siempre se ha considerado un mérito y es sin duda una de las bases de la democracia. Sin embargo, como pasa con todo, a veces los conceptos se pervierten para enredarte y terminar haciéndote cometer tonterías y barbaridades en su nombre. Los aprovechados saben muy bien cómo utilizar esto a su favor. Como la respuesta emocional positiva a la palabra está más que entrenada en nuestra mente, si quieren que desistas de oponerte a algo basta con insinuar intolerancia de tu parte para que recapacites y lo dejes pasar. Confundir la tolerancia con la resignación absoluta a cosas que nos hacen sentir mal o no nos gustan nos perjudica mucho individualmente y más a nivel de sociedad. Y esto es porque, por lo general, hemos aprendido a controlarnos a nosotros mismos sin exigir el control de los demás (tolerancia ajena), al oponernos a sus ideas, sus actos, su modo de entender el mundo. Y como con todo, los oportunistas lo saben. Ahora que estamos con el tema de Afganistán se nos pueden venir muchas cosas a la cabeza al respecto, ¿verdad? Una vez más, ser tolerante no implica callarse ni no luchar contra lo que toleras en otros a pesar de que te revuelva las tripas. Yo puedo tolerar a una señora bañándose vestida en la piscina de un hotel aunque me repulse y me parezca un abuso contra las normas que no se consiente a otros. Sin embargo no la voy a emprender a insultos o golpes con la señora ni voy a llamar a la policía o al gerente. Por otra parte, esa misma señora igual no tolera, y para ella es de lo más normal, que tú la mires reprobatoriamente, y hasta puede que, haciendo poco ejercicio de toleracia, fíjate, termine insultándote en lengua foránea en tu cara y lanzándote una chancla (caso verídico). Pero, para rizar el rizo, uno tendrá que tolerar también su intolerancia.

O sea, que somos muy tolerantes, pero ¿hasta dónde de tolerantes? La verdad es que todo en esta vida tiene un límite y uno debería tener muy claro dónde está el tal límite y actuar en consecuencia. Como ya sabemos que somos muy tolerantes, nuestro límite obviamente debe estar muy lejos y esto se refleja en todas las esferas de la vida. Hablemos de los infantes. Ha habido una época demasiado larga e insufrible para mi gusto en la que “expertos” en educación de todo pelaje te repetían que a los niños no había que coaccionarlos, sancionarlos, sacarlos de su estado natural de salvajismo, sino dejarlos expresarse libremente para que desarrollasen en plenitud su potencial. Como muchos padres y profesores tolerantes de más se creyeron esto, resultó que la cosa empezó a irse de las manos y comenzamos a ver por todos lados tropas de insufribles pequeños tiranos que maltrataban impunemente a padres y abuelos y la montaban lo mismo en privado que en público, lo mismo a sus familiares que a sus maestros en la escuela. Los mismos “expertos”, viendo la catástrofe, y muy probablemente sufriéndola en primera persona, empezaron a recular y a redescubrir, de nuevo, “los límites”. Bueno, nunca es tarde si la dicha es buena. Pero cuidadito con los límites, que tienen que ser muy limitados y muy de acuerdo con lo que ellos te instruyan. Para algo son “expertos”. 

Nunca antes fue más fácil imponer cosas apelando a la tolerancia, que sin significar nada más que palabrería para el tirano, han ocupado todo el espacio que nos rodea.

Como ese espíritu de su tiempo del dejar hacer a los niños y consentir todo se popularizó tanto entre la modernidad, toda nuestra sociedad empezó a impregnarse de infantilismo caprichoso. G.K. Chesterton  decía que “toda gran civilización decae cuando se olvidan cosas obvias”. Hay muchas cosas obvias que ya hemos olvidado. Para empezar, por ejemplo, y muy importante por ser la base, hemos olvidado cómo criar niños que luego maduren a adultos sensatos y no se queden para siempre en estado infantil catatónico. De modo que, y esto se pilla muy pronto, el terror de la pataleta y el de no toques mi libre albedrío sirve y renta a un niño, tanto más sirve y renta a un adulto. A esta tendencia generalizada hay que unir la natural, es decir la de nuestro lado animal, donde prosperan los matones o mandones. Me explico. Si tú en cuestión no eras un matón o un mandón en la escuela sabrás bien de qué te hablo cuando digo que todo grupo termina instintivamente organizándose jerárquicamente y en esa jerarquía está siempre el que se lleva el gato al agua, impone juegos, manda, organiza, decide y tiene un séquito detrás que lo sigue, lo aúpa, lo defiende y lo admira. Luego uno crece, madura, se cuestiona, se rebela, se hace fuerte y aprende a andar solo su camino, deja de seguir a líderes naturales y coge las riendas de su vida. O no. Parece que hoy hay mucha gente nada madura en ese aspecto, que se queda enganchada a ese servilismo primitivo para ir siempre cambiando de amo según cambia de entorno. Es el gran momento de los pequeños tiranos creciditos. Nunca antes fue más fácil imponer cosas apelando a la tolerancia, la buena voluntad, el bien mayor y toda una ristra de buenas intenciones que sin significar nada más que palabrería para el tirano, han ocupado todo el espacio que nos rodea y son utilizadas por él como armas para salirse con la suya. Una vez más: es necesario aprender a decir que no, a oponerse, a contradecir y a poner límites de modo natural y sin sufrir, si no se quiere caer en una especie de esclavitud de la que cada día que pase te será más difícil escapar. En resumen, aprendamos a madurar. 

El otro día leí por Twitter una noticia sobre la posibilidad de utilizar la leche de las cucarachas, han entendido bien, como propuesta de alimentación viable. Yo pensé que era parodia, que hoy ya nunca se sabe, pero parece que no. También di con otra noticia todavía más desagradable que daba a entender que no había que estigmatizar a los pederastas por sufrir éstos de un trastorno incontrolable digno de comprensión. Tampoco era parodia. Uno puede, como defensa mental, entregarse a la idea de que todo eso no son más que tonterías para provocar o captar la atención y que nadie en su sano juicio lo tomaría en serio. El problema es que cada vez es más preocupante el estado de salud del juicio de la gente, como tristemente podemos comprobar a diario. Con cosas como éstas se va poco a poco cociendo al público cual rana en olla y la ventana de Overton se va abriendo cada vez más para que cosas que no mucho ha nos parecían descabelladas acaben no sólo por tolerarse, sino por asumirse. Observen atentos. 

Acabo de caer en la banalidad del escándalo. Todavía, por ejemplo, recuerdo los días en que un escándalo se montaba por menos de un pito en cualquier sitio, pero especialmente en política, donde la persona implicada en cuestión dimitía sin oponer resistencia y de acuerdo a una supuesta responsabilidad de Estado que hoy nadie parece tener. El escándalo en política hoy parece haber desaparecido de raíz. Sinceramente, ¿qué tendría que pasar, que ya no haya pasado, para que alguno de nuestros mandatarios se viera en la obligación moral de dimitir? ¿Qué cosa no es ya válida en política? Siguiendo en la línea, si en los años setenta, por poner, se hubiese extendido un rumor sobre la posibilidad de que para las hamburguesas de McDonald’s se estuviese usando carne de, yo qué sé, gusano, se hubiese montando un escandalazo y toda una campaña de boicot a la empresa que la hubise sumido en una buena crisis. Hoy, sin embargo, podrían frescamente decir que son campeones en sostenibilidad y que la empresa es puntera en adoptar las directrices de la Agenda 2030 en sus productos. 

Así que cada vez nos cuesta más sorprendernos, cada vez tenemos menos principios y cada vez ampliamos más los límites de nuestra tolerancia. Y ni siquiera se trata de que la gente no lo vea o que le parezca bien. Yo, por ejemplo, soy abiertamente antibilingüismo en la escuela, y como yo, montones de padres y gran cantidad de profesores que viven de ello, pero cuando les pregunto por qué lo aceptan entonces tan resignadamente simplemente me contestan: “es lo que toca”. Quizás tengan razón, ¿para qué oponerse al espíritu de una época? Pero luego me digo: ¿Quizás para que en el futuro nuestros descendientes no nos tachen de locos y se pregunten incrédulos en qué momento perdimos el norte y nos fuimos al abismo por quedarnos sin “principios”? O peor, que nos reprochen que ellos tengan que pagar en sus carnes la idiotez gratuita de sus predecesores.