La Nueva Razón

Revista política y cultural panhispánica

(Imagen: Hans-Jörg Aleff CC BY-NC-SA 2.0)

Tontos útiles

Para ser tonto útil es requisito que ignores que estás siendo utilizado, y hasta que te prestes voluntariamente creyendo firmemente que estás haciendo un bien a falta de perspectiva de la situación real.

No voy a empezar diciendo que todos hemos sido en alguna ocasión tonto útil de algún aprovechado, porque no todos podemos ser tontos, algunos tendrán que ser los listillos que nos manejan. Así que confesaré que yo he sido en varias ocasiones, como mucha otra gente, tonta útil, sí, y que lo peor de eso es que cuando te das cuenta y ya has cumplido tu cometido se te queda además de la cara de imbécil un sentimiento que mezcla resentimiento, angustia y decepción a partes iguales en una combinación nada agradable. Quizás por evitarse ese amargo trago hay muchos tontos útiles que jamás reconocerán que una vez lo fueron o que taparán sus vergüenzas entregándose a un raudo olvido. 

No voy a contar mis pecados, que eso sería ya meter mucho el dedo en la llaga, pero contaré una anécdota de estudiante que se quedó para siempre grabada en el recuerdo y que me ha venido a la mente después muchas veces por lo descarado del asunto. Estando yo de intercambio en un país de cuyo nombre no quiero acordarme, conocí a dos estudiantes españoles de Medicina que eran tan aprovechados como caraduras y vivelavida. Como todos encontrábamos dificultades para superar los obstáculos de la nueva lengua y cultura y teníamos que desenvolvernos en un ambiente hostil, al menos al principio, en el que había que hacer papeles y hablar con profesores, burócratas y administradores, aparte de la menos esencial tarea de enterarnos de las clases, buscábamos apoyo entre nosotros y los foráneos que se prestaban a ayudarnos. Así fue cómo una vez, reunidos en esos grupos de comunidades de expatriados en las que corría el alcohol y nos poníamos sinceros, esta pareja, que sin hacer absolutamente nada en todo el año se llevó sendos dudosos certificados de estudio que no dudo que algún idiota en España convalidara, contaron cómo ellos tenían la táctica de buscarse un tonto útil a la carta y para cada ocasión que les sacara las castañas del fuego cada vez que lo precisaran. No sé, quizás sea lo que en el fondo se suele hacer cuando la gente se ve en apuros, aunque para eso siempre tiene que haber alguien dispuesto a dejarse, pero el que ellos lo pusieran así de esa forma tan patente me provocó tal repulsa que los mantuve todo el año al margen de mi círculo no fuera a caer yo, y por alguna de sus muchas necesidades, en su red de tontos. 

Hay que decir que ser tonto y ser tonto útil aunque parezcan lo mismo son dos cosas distintas. Para ser tonto basta con que se aprovechen abiertamente, o veladamente, de ti siempre estando tú al tanto de que el engaño entra dentro de las posibilidades. Para ser tonto útil es requisito que ignores que estás siendo utilizado, y hasta que te prestes voluntariamente creyendo firmemente que estás haciendo un bien a falta de perspectiva de la situación real. También decir que uno puede funcionar de tonto útil para una sola persona, para un grupo, una causa, una institución o un fin mayor detrás del que se esconde una agenda que, sin ser consciente, contribuyes a avanzar y que al final te termina perjudicando. Como todo está en la literatura, también encontraremos en ella ejemplos de tontos útiles clásicos, pero a mí me viene a la cabeza ahora, y por los tiempos que corren, el pobre Winston Smith, que creyendo ser parte de una latente y prometedora resistencia, se movía sin embargo como marioneta por los hilos de un control supremo que estaba ya tan asentado y estructurado que hasta la propia rebelión era una escenificación y un espejismo dentro del sistema. Y me acuerdo de él precisamente por ser su historia tan reveladora, descorazonada y desprovista de esperanza que me llegó a causar hasta dolor físico. 

Forzar a la masa contra su voluntad cuesta mucho más dinero y esfuerzo que convencerla y entrenarla en una determinada forma de pensar y actuar.

Y estaba yo ahí dándole vueltas y pensando que, viviendo en estos tiempos de locura acelerada que nos están aconteciendo, no puede ser todo casual y que quizás estemos siendo los tontos útiles de la agenda oculta de algunos listos. Porque quizás lo erróneo es pensar que estemos viviendo en el período de paz más largo de la historia en vez de creer que el conflicto y la lucha por el poder y la hegemonía en nuestro cada vez más pequeño mundo no han cesado nunca sino que, como nos contaban con la energía, se han transformado. Digamos que las naciones y sus gentes, como así ha sido desde el origen del hombre, siguen compitiendo por imponerse unas a otras y por ostentar el poder. Sin embargo, considerando que somos tantos en el mundo y que ahora estamos interconectados y en constante comunicación, no puede ser que el arte de la guerra y el sometimiento no hayan evolucionado. Es, por ejemplo, bien sabido ahora que forzar a la masa contra su voluntad cuesta mucho más dinero y esfuerzo y, digámoslo también, es mucho menos vistoso, que convencerla y entrenarla en una determinada forma de pensar y actuar. Por eso las tácticas de propaganda usadas por los poderes han adquirido un refinamiento y una atención nunca vistos. También hay que considerar que hasta este punto hemos llegado gracias al estudio y la experiencia si no de milenios, sí de centurias, y más concretamente de nuestra historia reciente al respecto. 

Así meditando fui a dar con una conferencia de Yuri Bezmenov de los años 80 en la que citaba a los tontos útiles y su uso por la URSS para subvertir a sus enemigos y competidores Estados Unidos. Como siempre digo, no hay que perder de vista lo que pasa en Estados Unidos, que al fin y al cabo es el centro neurálgico de Occidente hacia el que todos los demás países se giran para observar e imitar. Alguien me dijo que España era el país más americanizado de Europa, y puede que tenga razón. De hecho, estamos americanizados hasta el punto de otorgar voluntariamente más categoría a la lengua inglesa que a la española en nuestras propias escuelas. Nuestros niños se esfuerzan en imitar a niñatos del Disney Channel, nosotros nos parecemos mucho más ya al Sam de Iowa que a nuestro abuelo Antonio, y las aspiraciones de nuestros estudiantes más preparados suelen pasar por irse a estudiar a alguna universidad americana y hasta poder emigrar para trabajar en esa especie de paraíso que nos pintan. Total, que lo que pase allí es lo que termina pasando en todo Occidente con un mayor o menor grado de entusiasmo. Pero yo estaba hablando de Bezmenov, exmiembro de la KGB que desertó de su función y huyó a Canadá no por problemas económicos, que como él comenta tenía bien cubiertos, sino por puro asco moral hacia todo lo que acontecía a su alrededor y de lo que él era parte activa. Sus reveladoras enseñanzas de entonces son igual de actuales hoy y en cualquier caso dan que pensar, que es de lo que trata al fin y al cabo, de mirar con una perspectiva más amplia lo que pasa a nuestro alrededor. 

Subversores pueden ser desde estudiantes de intercambio, pasando por diplomáticos, actores y artistas de todo tipo, periodistas o cualquiera de los muchos que simplemente por deporte o sociopatía desprecian el entorno en el que se criaron.

Bezmenov se refería a que el mayor esfuerzo y presupuesto empleado por la URSS para competir con los Estados Unidos no consistía en las historias de espionaje romantizadas por Hollywood, sino en una mucho más sutil técnica de subversión y la espera paciente de la propia autodestrucción del enemigo elegido. La subversión consistía, según él, en una actividad corrosiva y agresiva dirigida al colapso del país, la nación o el área geográfica de tu enemigo a través de la lenta sustitución de principios morales básicos. Esta actividad es, además, totalmente legítima de acuerdo con las leyes occidentales y fácilmente observable si uno se toma las molestias de observar. Subversores pueden ser desde estudiantes de intercambio, pasando por diplomáticos, actores y artistas de todo tipo, periodistas o cualquiera de los muchos que simplemente por deporte o sociopatía desprecian el entorno en el que se criaron. Aparentemente la teoría de la subversión se remonta a hace 2500 años y curiosamente el primero en elaborarla fue un chino de nombre Sun Tsu. Según este autor, a propósito obligatorio en la URSS para estudiantes y oficiales de la KGB y bastante desconocido en Occidente, para imponer una determinada política estatal en un sitio, lo más contraproducente, ineficiente y bárbaro sería emprender una batalla. De hecho, el más noble arte de lucha consistiría en subvertir cualquier cosa de valor en el país de tu enemigo hasta tal punto que éste termine percibiendo tu civilización si no como una alternativa, si no como algo deseable, al menos como algo factible y hasta conveniente. 

La táctica de la subversión es similar a la de varias artes marciales de China y Japón por las que uno no se resiste al golpe que viene del enemigo, sino que utiliza su propia fuerza de impulso para, agarrándolo por sus propias manos, dirigir su caída, estrepitosa, por cierto, en la dirección que nos conviene. El primer estadio de la subversión consistiría en la desmoralización de una sociedad por todos los medios de influencia posibles: infiltración, contacto directo, métodos de propaganda etc de todas las áreas donde se formula y se moldea la opinión pública. De esta forma se atacarían pilares claves como la religión, el sistema educativo, la vida social, administración, sistema legal, economía y relaciones militares. El tiempo necesario para conseguirlo rondaría, según Bezmenov, unos 20 años, que es lo que se necesita para formar ideológicamente a una nueva generación. Así pues, se empezaría ridiculizando los dogmas religiosos aceptados para reemplazarlos paulatinamente por otros variados falsos cultos y atrayendo a la gente a otros tipos de fe que los desviara del objetivo último de una religión, que es mantener al humano en contacto con el ser supremo. En la vida social, por ejemplo, se sustituirían las instituciones y organizaciones tradicionales creadas por vínculos naturales por otras nuevas falsas y artificiales controladas burocráticamente. En educación se distraería del proceso de aprendizaje pragmático y eficiente sustituyendo por ejemplo el estudio de las matemáticas, la física, la lengua y demás por pseudomaterias o cualquier otra cosa que desviara el cometido de la misma, etc. 

Los medios de comunicación, con su poder casi monopolista, capaces de penetrar en tu mente y decidir por ti lo que está bien o no, autoproclamados gobernantes de la opinión pública, serían claves de este proceso. No se necesita para ello ser un excelente periodista, de hecho es mejor para su supervivencia ser mediocre y no competir con los mejores. Con tal de sonreír a la cámara y cumplir con el trabajo al servicio del que mejor paga, todo en orden.  

En fin, con todo esto y algunas cositas más ya casi estaríamos. Faltaría el advenimiento de una crisis por la que la sociedad se estancara productivamente y el colapso estaría listo. Esperaríamos a buscar un salvador o un gobierno fuerte que, por qué no, podría venir de fuera, y bueno, creo que lo siguiente ya lo hemos visto antes. 

No sé a ustedes, a mí todo esto me suena inquietante y razonablemente familiar. Y si no sirve para otra cosa, al menos es una reflexión interesante, no vayamos a estar siendo los tontos útiles de alguien.