La Nueva Razón

Revista política y cultural panhispánica

Un alcalde como Starzyński

En un tiempo en que cualquier pretexto basta para retirarse, escapar o salir en desbandada, Starzyński sigue dando una lección de liderazgo y de grandeza cívica.

El 19 de agosto hubiese cumplido años un hombre increíble: Stefan Starzyński (1893-1939), el economista, oficial del ejército polaco y alcalde de Varsovia durante el mes de septiembre de 1939. En realidad, hubiese podido pasar a la historia como uno de esos patriotas de la primera hora que se enrolaron en la Legión Polaca junto al mariscal Piłsudski en agosto de 1914. Combatió en la I Guerra Mundial (1914-1918) y en la Guerra Polaco-bolchevique (1919-1921). Ahí podría haber terminado su carrera. Unos años en política y en altos cargos de la administración hubiesen bastado para cerrar el “cursus honorum” de un prócer de la Polonia restaurada. Sin embargo, a nuestro hombre le tocó vivir la hora más oscura de Europa. El 1 de septiembre de 1939, sin previa declaración de guerra, el III Reich invadió Polonia. Starzyński era a la sazón alcalde de Varsovia, la capital del Estado agredido.

Es falso que el ejército polaco se desmoronase. Durante más de un mes, los polacos lucharon solos contra el ejército más moderno y poderoso del continente. Nadie acudió a salvar a la república invadida. Ni los británicos ni los franceses enviaron tropas. Nadie hizo honor a las promesas ni a las garantías proclamadas frente a la amenaza de la Alemania nazi. Polonia fue la primera en luchar contra los nazis y contra los soviéticos al mismo tiempo. Hicieron falta dos invasores para doblegarla. Hoy sabemos que Hitler y Stalin habían acordado repartírsela en virtud de un protocolo secreto anexo al pacto Ribbentrop-Mólotov de 23 de agosto de 1939. Los polacos plantaron cara a pesar de que su aviación la había destruido la Luftwaffe casi por completo el primer día de la invasión. En Westerplatte los alemanes pagaron un alto precio en muertos y heridos frente a un puñado de soldados y tres piezas de artillería. En Prusia Oriental, según cuenta Fuegner en “A Nation Defiant”, una brigada de caballería polaca contraatacó y tomó brevemente unos pocos poblados alemanes. Sin embargo, el avance nazi era imparable. Al cabo de ocho días, la infantería invasora estaba a las puertas de Varsovia. 

Imagínense la escena. Esos alemanes que llegan victoriosos convencidos de que la cosa ya está hecha, intiman a los polacos -bombardeados desde el primer día- para que depongan las armas y se rindan… y esos polacos que fortifican la ciudad y se preparan para defenderla a sangre y fuego. Allí está el alcalde Starzyński que, junto al general Czuma, dirige los preparativos. En la radio nacional polaca, suena la Polonesa Op. 40 nº 1 “Heroica”. Los varsovianos combaten con Chopin al frente. La pieza sonó hasta la caída de la ciudad el 28 de septiembre. Entonces, la reemplazó la Marcha Fúnebre del compositor polaco más famoso de la historia. El alcalde gestiona el reparto de agua y de alimentos. Manda a los bomberos, que multiplican sus esfuerzos a medida que los invasores arrasan la ciudad con bombas incendiarias. Construye y repara refugios antiaéreos para la población civil. No abandona a sus conciudadanos. Sigue en Varsovia incluso cuando ya resulta evidente que ni los británicos ni los franceses van a acudir en auxilio de Polonia. Se niega a huir cuando le proponen una vía de escape. Los nazis lo buscan. Exigen que esté presente en la capitulación. Hay que detener y humillar a ese varsoviano que, como todos esos polacos, han contenido a los alemanes durante veinte días en torno a una ciudad sitiada, incendiada, bombardeada, martirizada. Pero Starzyński no se entrega. Pasa a la clandestinidad y sigue en Varsovia. Lo detienen, como mínimo dos veces. En una ocasión lo toman como rehén para evitar un atentado contra Hitler durante su visita a la ciudad devastada. Durante mucho tiempo, hubo versiones contradictorias del final de sus días. Decían que los nazis lo habían matado en Dachau o en la prisión de Spandau. Hoy parece confirmado que la Gestapo lo detuvo en su oficina en octubre de 1939 y que lo encerraron en la cárcel de Pawiak hasta los días próximos a la navidad. Su rastro se pierde entonces. Probablemente lo mataron en los alrededores del bosque de Palmiry. Recuerden este lugar que, junto a Katyn, simboliza las matanzas cometidas en la Polonia ocupada por los nazis y por los soviéticos. Algún día escribiremos sobre ello. 

Hoy corresponde recordar a ese alcalde que se negó a abandonar a los suyos. En un tiempo en que cualquier pretexto basta para retirarse, escapar o salir en desbandada, Starzyński sigue dando una lección de liderazgo y de grandeza cívica. El pasado 19 de agosto hubiese cumplido 128 años. 

Hoy esta columna honra su memoria.