La Nueva Razón

Revista política y cultural panhispánica

Muralla conmemorativa en Poznań (Skelanard CC BY-SA 4.0)

Un verano polaco

Conviene recordar la constante oposición que, desde los sectores obreros hasta la “inteligencia”, luchó desde el Báltico hasta el Mar Negro por la libertad.

Sucedió hace 65 años. Aquel mes de junio de 1956 los polacos llevaban ya más de una década de dominio comunista. Los soviéticos controlaban a través del Partido Obrero Unificado Polaco -que era la marca blanca de los comunistas en Polonia- toda la vida social, política y económica del país. Desde 1945, habían ido copando todas las esferas de poder e influencia desde la judicatura y los medios de comunicación hasta las asociaciones culturales y las universidades. El error que cometieron los aliados occidentales en la Conferencia de Yalta (1945)-permitir la creación de un gobierno procomunista en Varsovia que reemplazó al gobierno polaco en el exilio- terminó llevando a que Polonia se convirtiese en un satélite de la URSS. 

Después de la muerte de Stalin (1953), parecieron cambiar algunas cosas. Se puso en libertad a algunos comunistas que los estalinistas habían encarcelado. Entre ellos, en 1954, liberaron a Władysław Gomułka (1905-1982), el miembro de la resistencia y ex secretario general del partido comunista que se había opuesto a la colectivización forzosa ordenada por Stalin. Llevaba preso desde 1951. Sin embargo, se trataba más de cambios en los grupos de poder del Estado que de verdaderos cambios sociales. La República Popular de Polonia seguía siendo un territorio sin libertad. 

Durante ese aparente aperturismo de los primeros años de Khruschev, en Poznań, la capital de la región de la Gran Polonia, miembros de la oposición anticomunista fundaron en 1955 un grupo cultural de nombre sorprendente: Club de la rueda torcida. Su primera reunión fue en un apartamento de Varsovia y, hasta su disolución en 1962, agrupó a lo más granado de los intelectuales críticos con el régimen: los historiadores Karol Modzelewski y Władysław Bartoszewski, el filósofo Leszek Kołakowski, el matrimonio de sociólogos Maria Ossowska y Stanisław Ossowski y algunos otros disidentes. En este círculo, comenzaron a reflexionar sobre la historia y la actualidad de la Polonia comunista. Algunos de los tabúes del discurso público comenzaron a transgredirse en aquel piso de Varsovia: la falta de libertad, la pérdida de independencia del país, los errores y disfunciones de la economía planificada… Naturalmente, la policía política conocía y vigilaba las reuniones. Eran tolerados como una forma de canalizar la crítica, pero las autoridades comunistas nunca creyeron que fuesen una verdadera amenaza para el orden establecido.

Quienes sí desafiaron ese orden fueron los obreros. 

Aquel verano de 1956, en Poznań, el descontento de los trabajadores de la siderurgia se desbordó. En la fábrica Cegielski, que todavía existe, las protestas estallaron por las condiciones laborales de los trabajadores más productivos y las exigencias que se les imponían. Los responsables políticos de la gestión empresarial rechazaron las reivindicaciones de los empleados; bueno, no sólo las rechazaron, sino que los engañaron haciéndoles creer que habría concesiones y retractándose después. El 28 de junio el 80% de los obreros de Cegielski fueron a la huelga y protestaron por las calles. Ya no pedían sólo que se racionalizasen las exigencias en materia de producción, que se indemnizase a los trabajadores por las pérdidas sufridas y que se mejorasen las condiciones económicas. Aquellos manifestantes pedían libertad. Se les fue sumando gente. En torno a las 11 de la mañana eran unas 100.000 personas las que se habían congregado en la plaza Adam Mickiewicz de la ciudad. Ya exigían bajadas del precio de los alimentos, subidas salariales y mejoras de las condiciones de trabajo. 

Esto ya no eran un grupo de intelectuales controlados por los servicios de información. Esto era un movimiento de masas cuya trascendencia no podía ocultarse. 

Todo se fue de madre cuando corrió el rumor de que habían detenido a algunos manifestantes. La turba asaltó la cárcel de la calle Młyńska creyendo que los retenían allí. Liberaron presos. Aprehendieron armas del depósito de la prisión y se las distribuyeron a la gente. De ahí se fueron a asaltar las oficinas del todopoderoso Ministerio de Seguridad Pública, donde los rechazaron a tiros. Hacia las seis de la tarde, en Poznań se estaba librando una verdadera batalla urbana. Los manifestantes habían tomado comisarías de policía, la sede de la fiscalía y una emisora de radio entre otros edificios. Tomaron y destruyeron documentos y archivos policiales. Aquello era un sindiós. 

El gobierno movilizó al ejército regular, a las tropas del Ministerio de Seguridad -que tenía sus propias unidades- y a los efectivos de la policía. Se activaron dos divisiones acorazadas y otras dos de infantería. Hacia las dos de la tarde llegaron oficiales soviéticos para asumir el mando de la crisis. Los carros de combate y los soldados rodearon la ciudad. Hacia el final del día, en torno a las nueve de la noche, empezaron las detenciones. El gobierno no logró recuperar el control de la ciudad hasta el día 30 de junio. Los arrestos se prolongaron hasta agosto. Hubo más de 700 detenidos y entre 57 y 100 muertos. En este punto, los historiadores discrepan. 

En lo que, sin embargo, hay cierto acuerdo es en la importancia de estas protestas del verano de 1956. En primer lugar, prolongaron las que habían estallado en Alemania Oriental en 1953. Además, anticiparon el Octubre Polaco de ese mismo año, cuyas protestas precipitaron la caída de los estalinistas polacos y el “deshielo” de Gomułka. En Hungría, también en octubre, estallaría la heroica Revolución de 1956, que demostró cómo Khruschev era capaz de reprimir a un pueblo sin que el temblase el pulso. 

A veces uno escucha la frivolidad de que los pueblos de Europa Central aceptaron la tiranía comunista. En ocasiones, se esgrime como prueba de esa sumisión el tiempo -más de cuarenta años- que duraron las democracias populares. Por eso, conviene recordar la constante oposición que, desde los sectores obreros hasta la “inteligencia”, luchó desde el Báltico hasta el Mar Negro por la libertad. No se opusieron sólo las élites intelectuales, sino también las clases populares. En Poznań, quienes se echaron a las calles fueron trabajadores de una fábrica metalúrgica y, consigo, arrastraron una multitud que pedía libertad. 

Hoy, desde Visegrado, les rendimos homenaje.