La Nueva Razón

Revista política y cultural panhispánica

"El paciente inglés" (Cowgirl111 CC BY-NC-SA 2.0)

Una canción para atravesar el desierto

En esta nana, que abre el pórtico de la tragedia del conde Almásy, respira el recuerdo y la esperanza de una cultura radicalmente auténtica y de un espíritu libre.

Este año se cumple el 25 aniversario del estreno de “El paciente inglés”, aquel drama de Anthony Minghella basado en la novela de Michael Ondaatje e inspirado, lejanamente, en la vida del conde László Almásy, geógrafo, aventurero, aviador, agente de inteligencia y noble húngaro. Sin embargo, por mucho que Ralph Fiennes encarnó magistralmente a nuestro centroeuropeo, la realidad superó con mucho a la ficción. 

Su verdadero nombre era László Ede Almásy de Zsadány y Törökszentmiklós (1895-1951). Había nacido en Borostyánkő, uno de los territorios de la Hungría histórica que, ¡ay!, el país perdió en 1921. El dato tiene su importancia porque, a partir de ese año, el mundo que este joven aristócrata había conocido se derrumbó por completo. El “mundo de ayer” que describió Stefan Zweig arrastró consigo a tres generaciones de húngaros, austriacos, checos, eslovacos, polacos, croatas y tantos otros que creían en la estabilidad de la monarquía danubiana. Se habla poco de ellos, pero muchos recordaron, con nostalgia, al viejo emperador Francisco José y se identificaron con el personaje de Joseph Roth que golpeaba a la puerta de la Cripta de los Capuchinos de Viena. 

Sería como un símbolo del drama de Europa Central, cuyas fronteras desgarradas entre 1919 y 1921 anunciaban el horror de la II Guerra Mundial cuando aún no se habían apagado los rescoldos de la primera.

Pero no nos distraigamos porque aquí no hemos venido a hablar de Roth, ni de Zweig, ni siquiera del Conde Almásy, que recibirá por derecho propio mucha atención en futuras columnas, sino que nos convoca una mujer de voz melancólica, misteriosa y bellísima: Márta Sebestyén, nacida en Budapest en 1957 y cantante de la maravillosa “Szerelem, szerelem”, que no debe confundirse con un poema casi homónimo del padre de los poetas románticos húngaros, Sándor Petőfi. La pieza que cantaba Márta Sebestyén abría “El paciente inglés” con el aeroplano de Almásy sobrevolando las dunas doradas del desierto libio. Oí en algún sitio que era una canción de cuna. No sé. Tal vez, en un guiño involuntario, una nana recordaba la infancia de aquel tipo cuya tragedia íbamos a vivir durante algo más de dos horas. Sería como un símbolo del drama de Europa Central, cuyas fronteras desgarradas entre 1919 y 1921 anunciaban el horror de la II Guerra Mundial cuando aún no se habían apagado los rescoldos de la primera. 

De todos modos, se trataría de una nana algo extraña porque habla del dolor del amor y, quizás, no sea el tema más adecuado para que un niño se duerma. Ahora bien, la melodía es envolvente y la sonoridad del húngaro -cuya armonía vocálica lo hace inconfundible- termina creando una atmósfera onírica propia de un embrujo. Basta imaginar la niebla sobre las colinas de Transdanubia o la oscuridad de los bosques transilvanos para que todo se vuelva un poco más inquietante.

La lengua y la cultura popular han sido los salvavidas de los pueblos de Europa Central en los tiempos de tribulación.

Márta Sebestyén creció en un ambiente de música, músicos y compositores -esto no es tan raro en Hungría ni en el resto de Europa Central- y era hija de una etnomusicóloga que se había recorrido los Cárpatos registrando canciones y melodías. El folclore de Transilvania, en la Hungría histórica, nos daría para muchas columnas como ésta. Baste pues advertir que la lengua y la cultura popular han sido los salvavidas de los pueblos de Europa Central en los tiempos de tribulación. En 1980, Sebestyén se unió a Muzsikás, un grupo folclórico fundado en 1973 que trataba de rescatar la música popular frente al arte oficial del régimen comunista de Hungría.

Esta resistencia cultural frente al realismo socialista, los intelectuales revolucionarios y toda la charlatanería comunista se dio en toda Europa Central. Preservar la lengua y protegerla de la jerga del partido, leer a los autores prohibidos, interpretar las obras teatrales, leer los poemas que circulaban clandestinamente y hacer memoria de lo que realmente había sucedido en lugar de creer la narración oficial de la historia fueron distintas formas de plantar cara a un sistema de propaganda que iba desde la agitación de masas hasta el adoctrinamiento en los colegios y el encuadramiento en organizaciones juveniles. 

En esta nana, que abre el pórtico de la tragedia del conde Almásy, respira el recuerdo y la esperanza de una cultura radicalmente auténtica y de un espíritu libre. La generación de nuestro piloto no vivió para verlo, pero la de Sebestyén sí. Contra todo pronóstico, el comunismo cayó y cada uno pudo volver a cantar, desde el Báltico hasta la Puszta, esas canciones de libertad y memoria.