La Nueva Razón

Revista política y cultural panhispánica

(Imagen: luisrull CC BY-SA 2.0)

Vacaciones de cortesía

Una sociedad que deja perder la buena educación, el respeto y el cuidado por la convivencia con el otro, antes o después terminará hundiéndose

Le atribuyen a Madame de Stäel la frase que dice que “la cortesía cuesta poco y gana mucho”. Frase que me resuena en estos días vacantes y estivales de un modo reiterado pues -no sé si será el calor, la relajación de lo ordinario o el tiempo fuera del tiempo que son las vacaciones- veo a mi alrededor cada vez menos preocupación por la educación, la cortesía, las buenas maneras y la urbanidad, que se decía antes. Vamos que a la gente le da igual la gente que tiene al lado, parece. Y con ello se rebajan a sí mismos, todo sea dicho. No respetar al otro, en el fondo, es no respetarse a uno mismo. Y las faltas de cortesía, de urbanidad, de educación son sin duda alguna faltas de respeto a los demás. 

Unos niños que lanzan arena al correr a por una pelota cada vez que pasan junto a los veraneantes que descansan en sus toallas no es en sí el problema -son niños-, el problema es el de sus padres que no hacen ni dicen nada ocupados en lo suyo.

Esos veraneantes que dejan sus sillas, sombrillas y capazos en cualquier sitio, incluido el espacio donde están sus vecinos de mesa en el bar, sin el menor cuidado ni respeto, pensando que todo el espacio es suyo. 

Esos vecinos de terraza, seguramente de piso turístico, con horrendas músicas puestas altísimas a horas incómodas e intempestivas, con gritos y cantos y brindis y voces. 

Ese grupo que, parados en medio de la calle, se detiene a saludarse con grandes aspavientos y, lo que es más incómodo, no dejando pasar, cortando el paseo, ocupando toda la acera. 

Esos conductores que dejan y aparcan el coche en cualquier sitio -plazas de garaje incluido-. Esos veraneantes que dejan sus bolsas de basura en el primer sitio que ven, cuando no es directamente la basura en el suelo o en los caminos. Los que hacen colas de cualquier modo cortando pasos. Los que abarrotan restaurantes con la prisa de ser atendidos como si fuesen los únicos clientes del mundo. Los que en los pueblos que toman al asalto -y que olvidan el resto del año- se saltan las mínimas normas de saber estar. 

Y tantas y tantas conductas que tan sólo de enumerar esas pocas pareciera aquí que uno es un Ebenezer Scrooge veraniego al que todo le molesta, que todo lo critica y que todo le parece mal. ¡Pero es que la gente actúa como unos salvajes incivilizados! No me atrevo a decir que antes -¿cuándo sería ese antes? ¿treinta, cuarenta, cincuenta, sesenta años atrás?- fuese de otro modo o que hubiese más consideración, educación y urbanidad, lo que sí digo es que todo eso, hoy, aquí, ahora, es pauta cotidiana de conducta. 

No todo el mundo, lo sé, y gracias a Dios, si no sería imposible vivir. Y sé también que quizás llama la atención más porque no es la conducta común, y que más gente actúa con cortesía y respeto por todos, que los que actúan como incivilizados que no saben vivir en sociedad. Aún así es más ordinario de lo que parece, y más habitual de lo que sería desear.

El caso es que es interesante tratar de considerar por qué sucede. De un lado cabe la posibilidad de que esas conductas de esos energúmenos no sea algo exclusivo del tiempo veraniego, que sea conducta habitual de sus vidas el ir por la vida como si en el mundo no existiese nadie más que ellos, como si considerasen que todo el universo está a su servicio, merced y disfrute, como si ellos estuviesen por encima de todos los demás seres humanos, de modo que en tiempo estival no hacen sino actuar como actúan en su tiempo cotidiano, sin respeto ni cuidado por los otros… pero exigiéndolo todo para ellos. Es posible. Y desalentador. Pero más que posible porque en el día a día se ven conductas incivilizadas sin necesidad de ser verano y vacaciones. 

Como si la cotidianeidad fuera un dique civilizatorio que al romperse en el tiempo sin obligaciones cotidianas del verano, deja atrás el respeto y la cortesía para devolver al hombre a su egoísmo incivilizado.

De otro cabría pensar que las vacaciones relajan tanto las conductas -con su reflejo en la relajación de la ropa que viste la gente, especialmente en su estética…- que todas esas cosas son fruto de la conducta del verano. Conductas que en su habitualidad no tendrían, pero que en verano -relajados, sin medidas, fuera de su espacio y rutinas conocidas- salen como salen tantas cosas agazapadas o frenadas por las normas habituales de la vida. Como si la cotidianeidad fuera un dique civilizatorio que al romperse en el tiempo sin obligaciones cotidianas del verano, deja atrás el respeto y la cortesía para devolver al hombre a su egoísmo incivilizado. Posible. 

No termino de decidirme por una u otra. Constato además que no hay una posible división en quien muestra más y menos respeto por los demás en su nivel económico. Ricos y pobres -de aspecto- son por igual corteses y maleducados. El nivel cultural tampoco está claro que sea un factor decisorio en la conducta, primeramente porque es difícil juzgarlo en distancia, pero asimismo porque quiero creer que por más títulos o lecturas tengan, han de ser por fuerza experiencias superficiales -pasar uno por los libros, no los libros por uno…- pues si realmente la cultura estuviera en su vida, no actuarían como si el mundo fuera de sí no existiera. Espero. Además la sabiduría y el respeto, gracias a Dios, no es patrimonio exclusivo del cultivado. Menos mal.

Quizás sea un signo del momento cultural en el que vivimos, de ese individualismo feroz del turbocapitalismo liberal que hace que uno solo mire para sí y al de al lado ni se le ve, con los lazos sociales y comunitarios rotos, y las identidades compartidas cuestionadas, de modo que cada día nos ha vencido más la idea de que nada tengo que ver con el otro, luego el que venga detrás que arree.

Quizás sea signo de este tiempo de resignificación antropológica que todo lo atribuye a los constructos y a las narrativas -patriarcales, occidentales, capitalistas, eclesiales, judeocristianas, románticas, burguesas, etc.- de las que hay que liberarse saltándoselas y superándolas, siendo la cortesía y la educación y la urbanidad una de las que hay que superar para ser libre. 

La condición humana es como es y antropológicamente existe una tendencia a replegarse egoístamente.

O quizás sin más hablamos aquí del fuste torcido de la naturaleza humana y su egoísmo que está agazapado y esperando salir descontrolado a la mínima de cambio. La condición humana es como es y antropológicamente existe una tendencia a replegarse egoístamente -con multitud de posibles explicaciones, desde las del menor gasto de energía posible, al instinto de autoconservación sin olvidar la propuesta del pecado original- de modo que el ser humano es así y no de otro modo. Por más que nos gustase que fuera de otra manera -idealistamente un buen salvaje corrompido por la sociedad en un adanismo ingenuo- es como es. Y de olvidarlo es de donde nacen las incongruencias y frustraciones de las posibles soluciones. 

El hombre es capaz de lo mejor imaginable, pero también de lo peor. Poner medidas adecuadas para frenar esa tendencia egoísta se hace necesario para la convivencia en sociedad. Ahí cobran sentido las prisiones, las amenazas punitivas y los diques civilizatorios de la presión social. Desde luego que también la educación y el progreso autonormativo de integración de conductas de respeto y cuidado, y con ello de mejora moral para que no sea todo solo heteronormatividad impositiva, pero sin olvidar que el castigo, la amenaza y la presión social son legítimas medidas sociales para asegurar la convivencia en medidas de respeto. 

La cuestión está en que cuando la cultura duda de sí misma, cuando la sociedad duda de sí misma, o le hacen dudar de sí desmontando los andamiajes que le dan sostenibilidad, estabilidad, convivencia y respeto mutuo, comienza a hacer aguas por todos sitios. 

Ya saben el comienzo de la obra de Thomas de Quincey, Del asesinato considerado como una de las bellas artes: «Si uno comienza por permitirse un asesinato pronto no le da importancia a robar, del robo pasa a la bebida y a la inobservancia del día del Señor, y se acaba por faltar a la buena educación y por dejar las cosas para el día siguiente». Pues sin el decadentismo de negro humor del inglés, digámoslo al revés: una sociedad que deja perder la buena educación, el respeto y el cuidado por la convivencia con el otro, antes o después terminará hundiéndose.