La Nueva Razón

Revista política y cultural panhispánica

Vecinos

Lo que funcionaría de verdad en la sociedad sería contribuir e influir de modo positivo en el círculo donde uno se mueve y que todos los demás hicieran lo propio en sus respectivos círculos.

Hace poco vine a dar con un ensayo de Chesterton. Con esto pasa como con todo, si te interesa una cosa o si empiezas a prestarle atención a algo que desconocías, te resultaba indiferente o pasabas por alto, incluso a ciertas opiniones y gustos, de repente todo lo que antes te resultaba invisible al respecto se llena de una luz atrayente, te lo tropiezas por todas partes, y hasta parece acarrear una campanilla para llamar tu atención. Uno empieza a cuestionarse tanta coincidencia, pero la verdad es que en la mayoría de los casos suele simplemente ser que lo que estando ahí tú no veías se te ha aparecido de pronto, vamos, que has tenido una especie de epifanía. Eso me ha pasado, entre otras cosas, con Chesterton. Pero iba yo al ensayo en el que éste nos hace conscientes de que una de las más revolucionarias y difíciles máximas del cristianismo es ésa que nos insta a “amar al prójimo”. 

Así en español “el prójimo” puede de primeras resultarnos un término elaborado y elevado que puede referirse a cualquier cosa interpretable. Pues no, el prójimo no es ni más ni menos que tu vecino. De hecho, el inglés lo traduce tal cual sin tener una palabra alternativa: “ love your neighbour as you love yourself”. Verdaderamente así de duro resulta. Amar “al prójimo” se hace incluso más penoso que amar a tu “enemigo”, que al fin y al cabo muchas veces era un señor que pasaba por allí y que no te podía juzgar porque no te conocía de nada, ¿qué culpa tenía él de ser como era y de pensar como pensaba si ni siquiera conocía lo bellísima persona que tú eras? Sin embargo, piensa en tu vecino, en ése que desde que se tropezó contigo el primer día estableció una competencia tácita de las que se te pegan al cuerpo cual mosca cojonera que no te puedes quitar de encima. Ése que te fastidia como puede, que te vigila desde el visillo o la terraza, que sabe con quién entras y sales, a ése que imaginas, sin equivocarte mucho, escuchando a través de la pared, por el patio o por el jardín, el que se alegra en silencio de tus fracasos, el que enreda y te tapa lo que deberías saber y te expone ante lo que te perjudica, el que tiene hijos mejores, coches mejores, vida más interesante, conocimientos superiores de todo, el que encima parece tener toda la suerte de su parte y además defiende lo suyo mejor que nadie. A veces, por otra parte, ese otro vecino que por sentirse inferior o por simple mal carácter y aburrimiento no se acuesta a gusto si no te hace la vida un poco más dura, si no te hace la puñeta de algún modo sea levantando o tirando un muro, una valla, una verja o hasta un mojón, o saltándose los límites de su propiedad de ingeniosas maneras para imponer cualquier cosa que demuestre físicamente que no te vas a librar de su fastidiosa presencia. Nuestros queridos vecinos, ésos con los que pasamos la vida enzarzados en continuas intrigas, a esos, señores, a esos hay que amar. ¿Se les ocurre cosa más dura?

“El vecino es la muestra de humanidad que de hecho se nos da. Y precisamente porque puede ser una persona cualquiera, nuestro vecino es todo el mundo. Es un símbolo porque es un accidente”, dice Chesterton. Pues ahí estamos, el que quiera dárselas de virtuoso o buena persona, que empiece por su vecino, que ése es el que representa a todo el mundo.

Sin embargo, todos sabemos muy bien que amar a nuestro vecino es demasiado vulgar para nuestras más altas y nobles aspiraciones de mostrarnos al mundo como buenas personas.

Por eso que, y a más dinero más evidente, nos buscamos nuestro radio de acción y nuestro prójimo cuanto más lejos de casa mejor. Nadie más afectado que nosotros cuando nos muestran imágenes o nos cuentan sobre las injusticias sociales en tal y cual país, en tal o cual barrio o tal y cual pueblo. Nadie más dispuesto que nosotros, aunque luego el calentón se te pase en cinco minutos, a hacer algo por mejorar tal injusticia dando dinero o firmando iniciativas y hasta yendo a manifestaciones o concentraciones públicas o lo que te digan que haga falta, mientras vuelves la cara a lo que sucede al lado de tu puerta o al torcer la calle. Es incluso así que muchos, presentándosele inesperadamente por las vueltas de la vida la excelente oportunidad de luchar contra las injusticias al lado de su casa, prefieren mudarse a otro entorno bastante más lejano desde el que creen que su lucha va a ser más efectiva, imagínense.

Den dinero, sean solidarios, apoyen monetariamente las causas, a los refugiados, a los niños de África, a las niñas de la India, a los ecologistas en acción, al grupo que se encadena a la vía contra las centrales nucleares, apadrinen a un niño de países tercermundistas, apadrinen a un perro en el refugio nuevo que han abierto en las afueras, créense una buena conciencia y presuman de ello sin tener que mover un dedo ustedes mismos, relegando ese incordioso ejercicio a otros que de todas formas lo van a hacer con más amor y sin ánimo de lucro ¿o no? . O hagan ustedes las veces  durante unas horas de su tiempo libre en sitios preparados para tal misión. Desplácense a un entorno lejano de su residencia habitual y empápense de realidad durante un momento para amenizar luego sus tertulias con su experiencia y ganarse el aplauso de sus iguales. ¿Les resultan muy lejos aquellas cartas de indulgencia de otros tiempos por las que la gente se compraba el perdón, y aquellas muestras fariseas de caridad por las que uno se ganaba un halo de bondad a los ojos del público aunque en privado pudiera soltar el cerdo que llevaba dentro? Pues la modernidad y el avance nos ha cambiado en esencia, seguimos siendo los mismos en búsqueda de lo mismo. 

Una vez sin saber cómo acabé en el sótano de una iglesia con un grupo tan heterogéneo como excéntrico de gente que quería llevar adelante la ambiciosa iniciativa de abrir un gallinero en el lejano Haití. El muy bienintencionado objetivo era que los paupérrimos vecinos de un pueblo en la escarpada y desnuda montaña pudieran crear un pequeño negocio del que vivir vendiendo huevos. Se necesitaba dinero para los gastos de transporte, intermediarios, compra de gallinas y pienso para crianza y manutención de las gallinas durante un tiempo y para luego poder comerciar los huevos. En un rato sacamos unos 500 euros y nos congratulamos por nuestra buena obra. Más tarde alguien nos explicó que probablemente el proyecto no llegaría ni a término porque de camino hacia la montaña algún justiciero de sí mismo interceptaría el cargamento de pienso y gallinas, preguntaría y, averiguando la intención, pediría una mordida equivalente a la ambición del proyecto, si no la primera, sí la segunda o la tercera vez. También era bastante probable que los encargados de mantener el gallinero no estuvieran por la labor de esforzarse demasiado, aun contando con la ayuda de algún implicadísimo misionero dominicano. Y así es, señores, cómo arreglamos los del primer mundo los problemas del tercero. Tirando de dinero, construyendo castillos de naipes, favoreciendo corrupciones y enriqueciendo a intermediarios de moral dudosa. Pero, ¿y esa mirada luminosa que se te queda cuando crees que has contribuido a hacer un mundo mejor, eh?

Me vienen de repente más ejemplos ilustrativos, como el de

esa prima pudiente que apadrinó a una niña de Bolivia y que recibía regularmente cartas llenas de muestras de agradecimiento y cariño. Qué bien le hacía sentir eso y qué poco le costaba pagar por esa emoción a pesar de que no se podía ni ver con su vecino de al lado ni tampoco con media familia.

También me llamó la atención una compañera que durante las vacaciones de Navidad, dejando muy claro que ella de religiosa nada, había decidido invertir su energía buenista en un voluntariado en los campos de refugiados en el este. El tinglado estaba ya montado con avión y alojamiento incluido. Los occidentales acudían en masa a lo que llamaban “ayudar” y no era más que una farsa sacadineros como otra cualquiera a costa de la miseria de alguna gente. Después de dos semanas allí se volvían con su halo puesto, sus fotos que enseñar y su tema de conversación para presumir durante las cenas. No es novedad, ya llevaba montada unos años toda una industria de la caridad para que pijos de las naciones ricas pudieran quitarse su espinita y vivir la falsa experiencia del buen samaritano a la carta durante una temporada. El dinero no es tema, una experiencia así se merece lo que les pidan. Estas empresas de la caridad saben lo que se hacen, esto se lleva practicando durante décadas en los EEUU, el colmo de la hipocresía mundial, donde es prácticamente obligatorio incluir en tu CV muestra probada de las buenas acciones que has hecho en tu vida. Y recuerden que para esto hay toda una gama de ofertas para gustos laicos y gustos religiosos, cómo no. 

Pero volvamos a los vecinos con los que, a falta de opciones, tienes que avenirte te guste o no. Se tiende a pensar que marcharse uno de su pueblo o de su entorno, que también puede ser la urbanización o el bloque donde te criaste, o escapar lejos de allí es un acto heroico y liberador que merece loas. Yo he llegado a la conclusión de que lo verdaderamente valiente es aguantar en esa sociedad cerrada, adaptarse al entorno hostil, conciliarse y volverse tolerante con cada uno de sus miembros en vez de sacar el rifle y liarla parda. Completamente de acuerdo con que lo que funcionaría de verdad en la sociedad sería contribuir e influir de modo positivo en el círculo donde uno se mueve y que todos los demás hicieran lo propio en sus respectivos círculos. Sin embargo, esto es un esfuerzo titánico que no estamos dispuestos a pagar. Es más humano que tendamos a desear el mal a nuestro vecino y que sea dificilísimo entendernos con él. En alemán hay un dicho que reza: San Florián / ¡Protege mi casa, y préndele fuego a otras! (“Heiliger Sankt Florian / Verschon’ mein Haus, zünd’ and’re an!”). Una idea similar expresan los ingleses con su acrónimo NIMBY – “Not In My Back Yard” (no en mi patio trasero). Los rusos tienen por ahí un chiste que alude a uno que Dios le dice que le va a conceder un deseo, pero que de lo que pida se le dará a su vecino el doble, por lo que el agraciado concluye pidiendo que le arranque un ojo. Y ahí está contenida toda la filosofía de las relaciones humanas. 

En fin, somos lo que somos, satiricemos con ello o lo presentemos en envoltorio fantasía. Espero al menos que Dios los haya colmado a ustedes de gloria con un buen vecino. Es verdad que alguno de ésos también hay y que de cuando en cuando hasta nos puede tocar en gracia, ¿qué esperanza nos quedaría si no?

(Imagen: «Los vecinos» por Eduardo Amorim. Licencia: CC BY-NC-SA 2.0)