La Nueva Razón

Revista política y cultural panhispánica

Segesvár, Transilvania, lugar de nacimiento de Vlad Dracul (pirindao CC BY-NC-ND 2.0)

Viajes vampíricos

Todo el espacio centroeuropeo está lleno de leyendas e historias sobre vampiros, brujas, licántropos y apariciones de ultratumba.

Sucedió en un pequeño pueblo de la Hungría histórica en el siglo XVIII. Debió de ser en torno a 1730 o 1735. Un soldado que se alojaba en casa de un campesino vio entrar a un desconocido que se sentó a la mesa con ellos. Todo era un poco desconcertante, pero como el anfitrión no dijo nada, el soldado guardó silencio. Al día siguiente, el campesino falleció y, sólo entonces, le explicaron de qué se trataba. El aparecido era, en realidad, el padre del dueño de la casa, muerto y enterrado diez años antes, que había llegado para anunciar y provocar la muerte de su hijo. 

El sucedido lo cuenta el benedictino Dom Agustin Calmet, espejo de vampirólogos, en su “Tratado sobre las apariciones de los espíritus y sobre los vampiros o los muertos vivientes de Hungría, de Moravia, etc.” (1751). La obra, en dos tomos, ampliaba una anterior de 1749 -en algunos sitios aparece fechada en 1746- titulada “Disertaciones sobre las apariciones de los ángeles, de los demonios y de los espíritus y sobre los muertos vivientes y vampiros de Hungría, de Bohemia, de Moravia y de Silesia”. 

En realidad, todo el espacio centroeuropeo está lleno de leyendas e historias sobre vampiros, brujas, licántropos y apariciones de ultratumba. El romanticismo encontró aquí una mina de temas para explotar tanto en la literatura fantástica como en la de terror. Cuando John William Polidori escribió “El vampiro” (1819), los húngaros, los checos, los moravos, los polacos y otros muchos llevaban siglos llenando las noches de los Cárpatos o de los Sudetes con cuentos de muertos que regresan del más allá o que se obstinan en permanecer entre nosotros “in ordine ad malum” advierte nuestro benedictino. Si sólo Jesucristo puede resucitar, todo lo que venga de otro sitio tiene que ser sospechoso. 

Tengan a mano un mapa porque la toponimia en Centroeuropa puede ser algo engañosa. Las ciudades y los pueblos tienen nombres distintos según la lengua que se escoja.

Por supuesto, los ilustrados como el Padre Feijoo, que conoció la obra de Calmet, pensaron que todo esto era pura superstición y mostraron cierto escándalo de que tales cosas pudieran siquiera creerse. Sin embargo, a medida que la modernidad avanzaba, la razón iba perdiendo terreno frente a la irracionalidad. Los siglos de las revoluciones científicas e industriales -el XVIII y el XIX- son también el tiempo de la adivinación, las sociedades secretas y las teorías de la conspiración. El desastre de la Gran Guerra, que arrasó lo que Zweig llamó “el mundo de ayer”, dejó el terreno abonado para la proliferación del ocultismo. En la Alemania de la posguerra, arruinada y humillada política y moralmente, Walter Nauhaus y Rudolf von Sebottendorf fundaron -o refundaron porque aquí discrepan las fuentes- la Sociedad Thule, cuyas actividades frecuentaron Rosenberg y Himmler. Cuando éste decidió visitar Montserrat en 1940, pensaba que allí podía encontrarse referencias sobre el Santo Grial. Al parecer, acabó desengañado. 

El verano es un tiempo propicio para viajar a través de mares y bibliotecas -permitan la paráfrasis de Melville- así que pueden encaminar sus pasos a la obra de Calmet que publicó en español Reino de Goneril en 2009 con prólogo de Luis Alberto de Cuenca. Tengan a mano un mapa porque la toponimia en Centroeuropa puede ser algo engañosa. Las ciudades y los pueblos tienen nombres distintos según la lengua que se escoja. Hay regiones de límites históricos algo difusos como Transilvania. Algunos sitios simplemente han desaparecido. Quizás Polidori, Stoker, Sheridan Le Fanu y Beckford sean buenos compañeros de viaje. 

El vampiro de los escritores del XIX encarna el espíritu mismo de la modernidad. La rebelión contra Dios, la no-vida y la no- muerte, el ataque a la naturaleza, el glamour de la literatura y el horror de la carne en descomposición, los palacios y los cementerios… En suma, la rendición de la razón frente a la locura. Si les asusta esta literatura, esperen a redescubrir el cine expresionista. 

La unión de razón y fe que había dado a Occidente sus horas más luminosas se fue resquebrajando a medida que los europeos se ponían a buscar razas puras y a invocar espíritus.

Hay algo, pues, en estos vampiros centroeuropeos que anticipa el espanto del siglo XX, la época de los campos, las fosas, los guetos, las matanzas en nombre de la raza, la sangre, la tierra o la liberación del proletariado. La unión de razón y fe que había dado a Occidente sus horas más luminosas se fue resquebrajando a medida que los europeos se ponían a buscar razas puras y a invocar espíritus. Hoy el vampiro moderno goza de excelente salud. 

Pónganse, pues, en marcha. Vayan con cuidado por los pasos montañosos. No se detengan mucho en las encrucijadas. Eviten los bosques a oscuras y traten de pernoctar en poblado. Desconfíen de los nobles que viven en castillos a solas. No tomen diligencias desconocidas ni cabalguen en noches de tormenta. Lleven cruces, estacas, balas de plata, agua bendita y una buena ristra de ajos. Recuerden el verso de Lenore allá por 1773: “die Toten reiten schnell”, “los muertos cabalgan deprisa”. Eso mismo le advirtieron a Jonathan Harker. 

Que las noches les sean propicias.