La Nueva Razón

Revista política y cultural panhispánica

Vox: México debe adecentar el sepulcro de Hernán Cortés

Vox insta al Gobierno de España a solicitar de México el adecentamiento, publicidad y adecuada señalización y posibilidad de visita del sepulcro de Hernán Cortés.

PROPOSICIÓN NO DE LEY POR LA QUE SE INSTA AL GOBIERNO A SOLICITAR DEL GOBIERNO MEXICANO EL ADECENTAMIENTO Y SEÑALIZACIÓN DEL SEPULCRO DE HERNÁN CORTÉS

EXPOSICIÓN DE MOTIVOS

PRIMERO.- El 13 de agosto de 2021 se cumplirán 500 años de la toma de Tenochtitlán por las tropas españolas de Hernán Cortés y sus aliados indígenas, que marcó la culminación de la conquista de México, iniciada en 1519. Se trata de un hito fundamental de la historia de España y de los países hispanoamericanos. Aquellos hechos supusieron el salto de la presencia española desde las Antillas a Tierra Firme (excepción hecha del precedente de los asentamientos de Nicuesa, Enciso y Núñez de Balboa en el Darién, en la Panamá actual); un salto no solo territorial sino también conceptual, con la superación del “modelo antillano” –más extractivo- y el desarrollo del modelo novohispano, que concibe a América, no como un campo de recursos a disposición de los conquistadores, sino como una verdadera nueva España que debe integrar a los indígenas y elevarlos a la civilización y la posibilidad de la salvación, con arreglo a las categorías religiosas de la época. 

La presencia española, sobre todo en su fase más temprana, no estuvo exenta de abusos. Sin embargo, el imperio español representa un caso único en la historia universal en lo que se refiere al constante autocuestionamiento moral y el libre debate en torno a la justicia de la conquista. Los denunciadores de excesos –incluso los mixtificadores como Bartolomé de las Casas- no solo no eran reprimidos, sino que eran invitados a la corte y escuchados por unos reyes obsesionados por escrúpulos morales. Así lo reconoció, por ejemplo, Lewis Hanke en su obra clásica The Spanish Struggle for Justice in the Conquest of America: “En el Archivo de Indias de Sevilla duermen miles de cartas e informes [sobre asuntos indianos] que amonestan, exhortan e incluso amenazan a los monarcas más poderosos de su tiempo. […] Y los reyes permitieron e incluso estimularon en ocasiones la discusión sobre un asunto tan delicado como su derecho a gobernar el Nuevo Mundo. […] Ningún otro pueblo de Europa se ha entregado antes o después a una tal lucha por la justicia”. 

En su lecho de muerte, Isabel la Católica añadió un codicilo a su testamento en el que rogaba a sus sucesores que “no consientan ni den lugar a que los indios […] reciban agravio alguno en sus personas ni sus bienes, sino que manden que sean bien y justamente tratados”. El Derecho indiano prefigura con cuatro siglos de adelanto la moderna legislación social: por ejemplo, las Leyes de Burgos (1512) reglamentan el jornal, vivienda y descanso de los indígenas de las encomiendas, y prohíben el trabajo de las embarazadas a partir del cuarto mes. Y en 1550, Carlos I paraliza la expansión española en América, a la espera del resultado de la Controversia de Valladolid, debate público -juzgado por una comisión de teólogos y juristas- en el que Juan Ginés de Sepúlveda y el hipercrítico Bartolomé de las Casas discuten la legitimidad de la empresa colonial: “Nunca antes o después un emperador en la cima de su poder ha ordenado que cesen sus conquistas hasta que se pudiera decidir si eran justas” (Lewis Hanke). 

SEGUNDO.- Gustavo Bueno propuso una distinción entre “imperios depredadores” e “imperios generadores”. El español –como el alejandrino o el romano- forma parte de estos últimos. En las Indias, España intentó trasplantarse a sí misma a través de instituciones como el cabildo. Los imperios depredadores solo fundan factorías y plantaciones; los generadores construyen ciudades, iglesias y universidades. Lo característico de los imperios generadores es la vocación civilizadora, el compromiso de compartir las ventajas tecnológicas y espirituales con una población más amplia. Los conquistadores aspiraban ciertamente al enriquecimiento y la gloria, pero se tomaban también muy en serio la evangelización de los indígenas, en contraste con otros imperios que solo buscaron la explotación de los colonizados. En su primera entrevista con Moctezuma, referida por Bernal Díaz del Castillo, Hernán Cortés le explica que “[el emperador Carlos] nos envió para que no adoren aquellos ídolos ni les sacrifiquen más indios ni indias, pues todos somos hermanos, ni consientan sodomías ni robos”. El imperio generador eleva a los conquistados a la misma categoría jurídica y moral de los habitantes de la metrópoli (“españoles americanos”) y propicia la hibridación racial de forasteros y naturales. 

La Monarquía Hispánica sacó a los pueblos precolombinos de la antropofagia, la esclavitud, los sacrificios humanos y la prehistoria tecnológica (no conocían ni la rueda, ni la escritura, ni los animales de carga: el transporte de mercancías se hacía a espaldas humanas). El primer arzobispo de México, Juan de Zumárraga, insiste en que se envíen asnos desde España, para no usar porteadores. Se crean pronto instituciones de enseñanza para indígenas, como el Colegio de Santa Cruz de Tlatelolco, y hospitales como el de Jesús, fundado en 1524 por el propio Hernán Cortés -todavía en funcionamiento-, el de San José de los Naturales o el de San Cosme y San Damián. En 1539 se establece en México la primera imprenta del Nuevo Mundo, filial de la de Cronemberg en Sevilla. En la década de 1550, las primeras universidades: la de San Marcos de Lima (1551) y la Real y Pontificia de México (1553). En ellas se crearán cátedras de lenguas indígenas, en las que se escriben las primeras gramáticas quechua o náuhatl; los frailes las habían aprendido desde el principio (Fray Andrés de Olmos, Arte para aprender la lengua mexicana, 1547), para impulsar una evangelización que fue muy rápida y exitosa. 

Uno de los políticos españoles que mejor ha glosado la empresa española en América fue el socialista Indalecio Prieto, exiliado en México tras la Guerra Civil, que publicó el 28 de noviembre de 1946 en la revista Novedades el artículo titulado “Mano española violó el secreto de los restos”. Dijo entonces lo siguiente: “¿Quién puede negar la grandeza a la obra de España en América? ¿Y quién puede negar la grandiosidad de esa misma obra en las tierras de México? […] Este hombre descreído no puede menos de reconocer la inmensa superioridad de la religión católica sobre los cultos idolátricos practicados por las razas que poblaban México cuando el país fue conquistado, porque en los altares católicos no hay inmolaciones, no se sacrifican vidas humanas, no se depositan, en holocausto a los ídolos, dioses o no de la guerra, corazones palpitantes de hombres a quienes al pie del ara se les desgarraban las entrañas para el sacrificio. Idioma, costumbres, cultura, religión, todo eso trajo España a México. Pero, además, cualesquiera que sean las salpicaduras crueles de la conquista, y que se hayan repetido durante la dominación -¿qué conquista y qué dominación están libres de ellas?- queda aquí un testimonio irrecusable del sentido humano que tuvo la empresa española. ¿Cuál es ese testimonio? Los millones de indios que todavía pueblan el territorio mexicano. España no los exterminó, sino que respetó su vida”.

TERCERO.-  La realidad histórica de México es el producto de la campaña de Cortés en 1519-1521. El concepto mismo de México puede decirse que es creación cortesiana: el imperio mexica apenas abarcaba el tercio meridional del México actual, cuyos contornos se corresponden aproximadamente con lo conquistado o al menos explorado por Cortés y sus hombres. 

Lo que decimos de México podría decirse de América en general: los españoles la descubrieron, no sólo en el sentido de encontrarla geográficamente -por sorpresa, pues buscaban Asia- sino también en el de poner en contacto entre sí a pueblos que hasta entonces vivían encerrados en microcosmos incomunicados; América se descubrió a sí misma como totalidad a través de la conquista hispano-portuguesa. (De la misma forma que, como ha señalado Emilio Lamo de Espinosa, Hispania fue “inventada” por la conquista romana: turdetanos, vacceos, etc. se ignoraban hasta entonces los unos a los otros). 

Los territorios españoles en América nunca recibieron el nombre de “colonias”, término que sólo se utilizará en el siglo XIX en referencia a Cuba, Puerto Rico y Filipinas; tampoco era frecuente el término “imperio”. Se les consideraba reinos agrupados bajo una misma Monarquía Católica (o Monarquía Hispánica), aludiéndose a ellos en plural (“estos reinos”); el rey de España lo era de Castilla, Aragón, Navarra… y también del Perú o de Nueva Granada (la titulación enumerativa se conservó hasta Carlos IV); los territorios americanos eran gobernados mediante virreyes. En 1809, los delegados hispanoamericanos presentes en la Junta Suprema Central que asume el poder en ausencia de Fernando VII se preocupan de precisar que “los vastos y preciosos dominios que España posee en las Indias no son propiamente colonias o factorías como los de otras Naciones, sino una parte esencial de la monarquía española”. La Constitución de Cádiz aludirá a “los españoles de ambos hemisferios”. 

Lo anterior permitió a Julián Marías escribir que “durante tres siglos, España no será simplemente una nación, una nación como las demás que tras ella se van organizando, es decir, una nación intraeuropea, sino una supernación transeuropea, un complejo de pueblos con un repertorio de relaciones todavía no bien comprendidas, y con un proyecto histórico, a la vez coherente y múltiple, que llevamos casi dos siglos intentando oscurecer”. 

La Monarquía Hispánica fue, pues, un ente transoceánico agrupado por el vínculo político de la sujeción a un mismo rey, el legal del Derecho indiano y el religioso-cultural del catolicismo y la lengua española; un ente multipolar en el que, más que de un centro y una periferia, hay que hablar de varios centros en interacción (“México o Lima, pero también Cuzco o Puebla, dejaron desde muy pronto de ser espacios periféricos para convertirse en focos principales de creación artística”). Tras el relativo declive de España en la segunda mitad del siglo XVII y la pérdida de muchos territorios europeos con el tratado de Utrecht (1713), crecerá la importancia del polo americano: los recursos de Nueva España serán los que permitan a España mantener un papel importante en el escenario internacional. De esta forma, como ha indicado López Viejo, la Monarquía Hispánica del siglo XVIII “es una potencia mucho más americana de lo que hasta entonces había sido y de lo que ninguna de las europeas lo sería jamás, la primera y hasta ahora única potencia euroamericana de la historia de la humanidad”. 

Varios viajeros europeos ponderan a finales del siglo XVIII el florecimiento de los territorios hispanoamericanos, que resisten con ventaja la comparación con los recién nacidos Estados Unidos de América e incluso con muchos europeos. Alexander Von Humboldt teoriza en su Ensayo Político sobre el Reino de la Nueva España (1804) la centralidad de México en la Monarquía Hispánica, por el desarrollo urbano de su capital (más poblada en la época que el mismo Madrid, y ciertamente más que Filadelfia o Nueva York), sus recursos naturales y su equidistancia respecto a los territorios hispánicos de Europa y Asia: “Un rey de España que residiese en la capital de México haría pasar sus órdenes en cinco semanas a la península de Europa y en seis semanas a Asia, esto es, a las Islas Filipinas”; “entre las posesiones sujetas al dominio del rey de España, México ocupa actualmente el primer lugar, así por sus riquezas territoriales como por lo favorable de su posición para el comercio con Europa y Asia”; Humboldt anota también que los establecimientos científicos [Escuela de Minas, Jardín Botánico, etc.] de Ciudad de México son “más grandes y sólidos que los de cualquier ciudad del Nuevo Continente, sin exceptuar las de los Estados Unidos”. Durante los siglos XVII y XVIII el “galeón de Manila” (o” nao de China”) asegura el comercio asiático-americano-europeo: las sedas, marfiles y porcelanas orientales son desembarcadas en Acapulco, para ser comercializadas en parte en los territorios hispanoamericanos y en parte llevadas a Veracruz para ser expedidas a España (en el viaje de vuelta, el galeón llevaba artículos hispanoamericanos a Filipinas). En la Plaza de Armas de Ciudad de México floreció en el siglo XVIII el enorme mercado del Parián: el término “Parián” no procede del náhuatl, sino del tagalo (“mercado de chinos”). El fraile novohispano José Servando de Mier, de viaje por España en 1806, escribe: “Las iglesias en Madrid no son templos magníficos y elevados, como acá, sino una capilla”.

CUARTO.-  El mundo hispánico se ha mostrado siempre ingrato con Hernán Cortés. Ya en 1804, antes de las independencias, Alexander Von Humboldt se sorprende de la ausencia de reconocimientos: “Es bien reparable que en toda América, desde Buenos Aires a Monterrey, desde Trinidad y Puerto Rico a Panamá y Veraguas, en ninguna parte se halla un monumento nacional levantado por la gratitud pública a Cristóbal Colón ni a Hernán Cortés”. La excepción era, desde luego, el propio sepulcro de Cortés en la iglesia del Hospital de Jesús, que desde 1794 disponía al menos de un mausoleo a la altura del personaje. Como indica Iván Vélez, la tumba estuvo sellada entre 1794 y 1823 con una placa que contenía el siguiente texto: 

«Aquí yace el grande héroe Hernán Cortés, conquistador de este reino de Nueva España, gobernador y capitán general del mismo, caballero del orden de Santiago, primer marqués del Valle de Oajaca y fundador de este santo hospital é iglesia de la Inmaculada Concepción y Jesús Nazareno. Nació en la villa de Medellin, provincia de Extremadura en España, año de 1485, y falleció á 2 de diciembre de 1547 en la villa de Castilleja de la Cuesta, inmediata á Sevilla. Desde esta se le condujo al convento de la orden de San Francisco en la de Tezcuco, y de esto el año de 1629 á sus casas principales en esta ciudad de Mégico, con motivo de haber fallecido en las mismas á 30 de enero su nieto D. Pedro Cortés, cuarto marqués del referido título del Valle de Oajaca. En 24 de febrero de dicho año de 1629, habiendo precedido el fúnebre aparato correspondiente á tan grande héroe, con asistencia de los Sres. arzobispo y virey, real audiencia, tribunales, cabildo, clero, comunidades religiosas y caballeros, se depositaron en diferentes cajas abuelo y nieto, en el sitio en que se hallaban en la iglesia del convento de San Francisco de esta ciudad, de donde se traslado á este panteón en 2 de Julio de 1794, Gobernador el marqués de Sierra Nevada».

Treinta años después comienza la rocambolesca peripecia de los restos: proclamada la independencia de México en 1821, el 16 de septiembre de 1823 el Gobierno dispone la exhumación y quema de los huesos de Cortés; el ministro de Exteriores Lucas Alamán se adelanta y, acompañado de Fernando Lucchesi y del capellán del Hospital de Jesús, Joaquín Canales, oculta los despojos bajo la tarima del altar. El mausoleo será desmantelado, pero los restos de Cortés están a salvo. En 1836, de nuevo clandestinamente, Alamán manda abrir un nicho en el muro del lado del Evangelio de la iglesia, que será sellado sin señalización alguna: allí reposarán los restos durante 110 años. En 1843, Alamán entrega a la Embajada de España un acta que revela el emplazamiento de la urna: los diplomáticos españoles mantendrán el secreto durante más de un siglo (en el que se suceden, tanto en España como en México, regímenes de signo diverso). El secreto será violado en 1946 por José de Benito, un secretario del entorno del “Gobierno republicano en el exilio”. El Gobierno mexicano interviene para comprobar que los restos se encuentran en el lugar indicado por el acta de 1843: se abre el muro… y allí están. Indalecio Prieto, en varios artículos de 1946, recriminó a Benito su ligereza y pidió al Gobierno mexicano la erección de un mausoleo digno: 

“El pueblo de México está ya en posesión de los restos mortales de tan gigantesca figura humana. No sólo porque cuanto hay en suelo de México pertenece a los mexicanos, sino porque, además, según su voluntad postrera, el Conquistador yacerá para siempre aquí, en la patria que fundó, en unión de los nobles indios: aquí deben quedar los huesos. Pero han de quedar dignamente, glorificándolos, elevando sobre ellos un majestuoso monumento. ¿Obra sólo de los mexicanos? No, obra de mexicanos y españoles. Hernán Cortés es vuestro, mas también nuestro, muy nuestro. ¿Por qué no hermanarnos, más aún, en torno a su glorificación?” (Indalecio Prieto, “Mano española violó el secreto de los restos”, Novedades, 28 de noviembre de 1946). 

QUINTO.- Pero el Gobierno mexicano no atendió la petición de Prieto. El 9 de julio de 1947 se reinhumaron los restos -en la misma iglesia del Hospital de Jesús, también llamada “Iglesia de Jesús Nazareno”- colocándose tras una placa de bronce (1,26 x 0.85 m.) con su escudo de armas y la lacónica inscripción: “Hernán Cortés 1485-1547”. 

A día de hoy, el templo está abandonado y la tumba deliberadamente descuidada, sin ninguna señalización pública. En un reportaje de 2015, el periódico El País contaba esto: 

“- ¿Viene alguien a visitarla?

– No viene nadie. Aquí no hay permiso para sacar fotos ni hacer turismo. Eso nos lo tienen prohibido.

La secretaria de la iglesia ha respondido sin levantarse de la silla. Está apostada a la entrada y mira con displicencia al recién llegado. El templo, enclavado en una concurrida avenida del centro histórico, parece medio abandonado. A un lado se acumulan muebles antiguos; a otro, andamios y sacos. La tumba no se aprecia a simple vista ni está indicada por ningún letrero. Hay que llegar al fondo y mirar a la izquierda del altar. A tres metros del suelo, se encuentra la placa que señala el lugar donde descansa el conquistador. Es de metal anaranjado. Sólo dice: Hernán Cortés, 1485-1547”.

CONCLUSIÓN.- Negar a Hernán Cortés un sepulcro digno es, en el caso de España, escupir sobre las páginas más importantes de nuestra historia, y en el de México, denigrar sus propios orígenes e identidad. 

Por tanto:

El Grupo Parlamentario VOX insta al Gobierno a:

  • Solicitar del Gobierno de los Estados Unidos Mexicanos, con ocasión del quinto centenario de la conquista de México, el adecentamiento, publicidad y adecuada señalización y posibilidad de visita del sepulcro de Hernán Cortés. 

(Imagen: «La tumba de Hernán Cortés, Ciudad de México, México» por Aquarela 08 CC BY-NC 2.0)