La Nueva Razón

Revista política y cultural panhispánica

Vuk Drašković: Los caminos del nacionalismo


Un escritor convertido en político, un nacionalista que clamaba venganza, un político superviviente. Nacido en Voivodina en un familia originaria de la siempre disputada Herzegovina, Vuk Drašković fue uno de los más conocidos escritores disidentes bajo el régimen socialista de Tito (tras ser expulsado como jefe de personal del presidente Mika Špiljak), y llegó a ser después destacado político nacionalista, líder del Movimiento de Renovación Serbio, viceprimer Ministro de la República Federal de Yugoslavia y Ministro de Asuntos de Exteriores de Serbia y Montenegro y después de Serbia. Con sus escritos y con sus acciones, quiso ser el líder de la nueva nación serbia.

Comenzó su andadura profesional en los años sesenta dentro de la agencia gubernamental Tanjug, y más tarde se convirtió en asesor de prensa del Consejo Yugoslavo de la Unión de Trabajadores. Un primer camino donde vieron la luz sus grandes obras: Sudije (El juez), donde mostraba no tan veladamente la hipocresía del sistema político y social vigente, y que por ello fue mutilada por la censura, y Nož (El cuchillo) donde denunciaba con toda crudeza el genocidio serbio durante la Segunda Guerra Mundial, a partir de la historia de la masacre de una familia serbia en Herzegovina por sus vecinos musulmanes en Navidad (y donde el protagonista, el único superviviente de la familia, tras ser adoptado y convertido en musulmán, al final de la novela recupera su identidad serbia perdida). Anticomunismo y nacionalismo serbio que le apartaron de las esferas del poder, siendo disidente interno durante tiempo antes del colapso del régimen. Años terminales sin trabajo estable donde publicó las exitosas Molitva (1985), Molitva 2 (1986), Odgovori (1986), Ruski konzul (1988) y Koekuda Srbijo (1989).

Con fama pública y siendo novelista de éxito, se lanzó a la política ante el fin de Yugoslavia. Su segundo camino comenzaba en 1989, cuando fundó el partido Renovación Nacional Serbia con Mirko Jović y Vojislav Šešelj, en una línea nacionalista serbia muy marcada: destrucción del sistema político y económico socialista, centralización del poder en Belgrado, y repoblación serbia de Kosovo. Pero separado de las propuestas ultranacionalistas radicales de Šešelj, decidió crear un año después su propia formación ante las primeras elecciones democráticas: el ya citado Movimiento de Renovación Serbio. Una formación nacionalista bastante ecléctica en defensa de “la democracia, la tradición cultural del pueblo serbio, la religión, la economía, la propiedad privada”, capaz de defender que “en una Europa unida podía existir una alianza de los países ortodoxos democráticos”. Agrupando al nacionalismo conservador, religioso y monárquico en un intento de partido de masas con grandes expectativas, solo logró el segundo puesto tras los postcomunistas de Milošević, organizando diferentes protestas en las calles el 1991 ante lo que catalogaba como generalizado fraude electoral (y siendo detenido por el propio ejército).

“Un camaleón” político con un patriotismo capaz de combinar, a la vez, el anticomunismo y el liberalismo económico pro-occidental (apostando por el ingreso en la OTAN) con el mundo rural y el etnicismo serbio paneslavista desde la renovación de la herencia pasada (rehabilitando al movimiento chetnik, por ejemplo). Su primera propuesta ante la crisis del sistema comunista fue promover una moderna confederación yugoslava, desde bases político-sociales occidentales (democracia parlamentaria confederal), pero tras la declaración unilateral de independencia de Eslovenia y Croacia, Drašković se sumó al proyecto de Gran Serbia, organizando su propia unidad de paramilitares: una Guardia Serbia, para combatir en Croacia en defensa de la regiones de Eslavonia y Krajina. Dirigida sobre el terreno por Đorđe Giška Božović y Branislav Beli Matić, pronto se disolvió ante la presión del gobierno de Milošević (siendo Matić asesinado, supuestamente, por la policía secreta serbia), y el propio distanciamiento de Drašković (que condenó las matanzas en Vukovar desde las páginas de Borba).

Su venganza teórica había ido muy lejos en la realidad. Y por ello Drašković se opuso públicamente al conflicto posterior en Bosnia, y se unió a la coalición opositora Zajedno (Juntos) de Zoran Đinđić y Vesna Pešić en 1996, pero su paralelo intento de negociación con Milošević condujo a la ruptura de la coalición. En enero de 1999 Drašković finalmente pactó con el Partido Socialista de Milošević un gobierno de unidad nacional, ante el conflicto con Estados Unidos y la OTAN por la región de Kosovo, Drašković se convirtió en viceprimer ministro de la República Federal de Yugoslavia, pero solo por unos meses ante la imposibilidad de más pactos. Poco después de su salida del gobierno fue objeto de varios intentos de atentado, supuestamente por el grupo de Milorad Ulemek (que por orden de Milošević también fue responsable posteriormente del asesinato de los dirigentes Đinđić y Stambolić).

Fuera del poder, rechazó unirse en el año 2000 a la coalición anti-Milošević de la Oposición Democrática de Serbia. Tenía que ser el elegido para la transición, pero quedaron tanto su candidato Vojislav Mihailović como su partido en una posición marginal ante la gran victoria de los opositores en las elecciones parlamentarias, en la prensa se hablaba del “ocaso” de un “populista errático”, y en 2002 obtuvo solo un 4,5% del total de los votos en las presidenciales, tras Vojislav Koštunica (31.2%) y Miroljub Labus (27.7%). Pero Drašković tenía más vidas y en 2003, en coalición con la Nueva Serbia (NS) de Velimir Ilić, entró en el nuevo gobierno serbio (junto con otros partidos menores), como ministro de exteriores de la refundada República de Serbia y Montenegro. Llegaba su momento, y por ello reclamó incluso la restauración de la monarquía serbia. Tras la secesión de Montenegro en 2006, continuó en ese momento como ministro de exteriores de la República de Serbia, eligiendo un nuevo camino: “Serbia es un Estado democrático pero yo soy partidario de que se desmonte radicalmente la herencia de Milošević, no podemos seguir viviendo con ese tumor. La gente tiene que enfrentarse a diario con los crímenes de ese régimen. Los servicios de seguridad de Milošević tienen que ser desmantelados, los expedientes de la policía secreta deben ser abiertos y los nombres de los colaboradores, publicados”.

Y llegó el epílogo de su vida y de su obra, como el de Kosovo, cuna de la nación serbia. Drašković llegó a defender la eliminación de toda referencia a Kosovo como parte de Serbia en la Constitución de 2006, al reconocer que el país no tenía ningún poder ni ninguna soberanía en la antigua provincia ya en manos albanesas. Tuvo que volver, como la propia Serbia, a un primer camino literario sobre el fin su nación: Doktor Aron (2009), Via Romana (2012), Tamo daleko (2013), Isusovi memoari (2015), Priče o Kosovu (2016) o Ko je ubio Katarinu? (2017).

Sergio Fernández Riquelme: El nacionalismo serbio. Letras Inquietas (Marzo de 2020)

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